Prensa y persecución pública.

Por Mariano Hernán Gutiérrez


Los nuevos “entrepreneurs” de la moral

Howard Becker decía en el ya clásico “Outsiders” (“Los Extraños”, 1971) resultaba imprevisible cuándo va a ocurrir la reacción frente a una conducta “desviada” y comenzaría la campaña de instigadores morales. Con ello quería poner en foco que no dependía de la naturaleza del acto, sino de factores sociales arbitrarios.
Tratando de refutar esa afirmación, mi primera investigación (“La Necesidad Social de Castigar…”, 2006) trataba de encontrar cuáles eran las condiciones sociales e históricas que permitían entender el surgimiento de una campaña de instigación de la moral y persecución pública (para lo cual, entre otras cosas, debía deshacerme del concepto de “desviado” reemplazándolo por otro más extenso y aplicable a otro contexto político cultural).

De esa investigación creo haber concluido que:

1) Los movimientos de instigadores y perseguidores adoptan forman de protesta y denuncia previamente establecidas como legítimas por movimientos anteriores. Por ejemplo las “marchas” contra la impunidad toman elementos del lenguaje de las marchas de las Madres de Plaza de Mayo. Con ello, su discurso aprovecha la legitimidad retórica de los actores intervinientes y sus representaciones en otro conflicto anterior.
2) Las posibilidades de que el movimiento de persecución sea popular y exitoso están relacionadas con la fidelidad con que sus discursos logren encarnar y amalgamar una gama difusa de sentimientos negativos (rencor, impotencia, indignación) más o menos presentes en sectores sociales numerosos
3) Consecuentemente el éxito del movimiento está en relación con la fidelidad con que las imágenes de sus protagonistas se correspondan con la autorepresentación colectiva de los grupos sociales que entran en el teatro del conflicto. A la inversa, resulta relevante para la ampliación e intensificación de un movimiento punitivo que el señalado como enemigo o sujeto a degradar pueda representar, hilvanándolos en el imaginario colectivo, a una amplia gama de sujetos que los difusos sectores reclamantes entienden como sus enemigos, sometedores, verdugos, etc.
4) La construcción de estas identidades antagónicas implican que así como estas campañas públicas son “ceremonias exitosas de degradación” (Garfinkel, 2006) para el perseguido, funcionan inversamente como “ceremonias exitosas de reivindicación” para los grupos empresarios morales que protagonizan la campaña y los que en ellos se sienten representados.
5)  En condiciones en las que no haya un interés político claro específico que intervenga entre una empresa de medios de comunicación y los otros actores políticos involucrados, la prensa puede comenzar a  abordar estos movimientos con aparente neutralidad hasta que el reclamo se vuelve numeroso y su potencial representativo de amplios sectores de la población se hace más evidentes. Allí paulatinamente adopta la postura del empresario moral y hace suyo el reclamo, convirtiéndose en su propio discurso en un representante legítimo del mismo.
6) La decisión judicial no sólo opera según los propios intereses e ideología judicial, puede ser vulnerable a las presiones del grupo de reclamo y la prensa, emitiendo decisión según los criterios del imaginario construido en el conflicto y separándose del código jurídico. Someter al Poder Judicial (o a otros poderes del Estado, en otros casos) es en sí mismo una performance (a la vez demostración y creación) de poder por parte del grupo empresario moral y de la prensa.
7) La fuerza de la empresa moral puede comunicarse a otras que la suceden o con las que se alía, que se manifiesten con similar formas y lenguaje, aunque en ello exista un desplazamiento ideológico. Este desplazamiento puede darse gradualmente, de forma tal de presentarse como un continuum ideológico punitivista de izquierda a derecha a lo largo del tiempo. El caso Cabello que analicé se presentaba tanto como una continuidad de los reclamos antiimpunidad contra el Poder de los años 90 (Morales, Cabezas, Bru, que a su vez eran herederos de la tradición de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo), como el antecedente de los reclamos conservadores o de derecha: Las Madres del Dolor, Blumberg, o Cromañon.

En un ensayo posterior además afirmaba que este desplazamiento ideológico es posible por la despolitización de los discursos y representaciones sociales operada en épocas posmodernas-neoliberales (y que en ello había que buscar la especificidad del nuevo sentimiento de inseguridad, y de una nueva concepción de justicia punitiva como proveedora de seguridad ontológica; Gutiérrez, 2007). Esto porque la despolitización en las imágenes y discursos permiten esencializar la culpabilidad del victimario sin grandes relatos que introduzcan mediaciones o atenuaciones, que sometan a los discursos a su propia matriz interpretativa.

En definitiva, entre las condiciones para las ceremonias exitosas de degradación/reivindicación a través de la persecución punitiva, para que un reclamo de justicia se expanda y se haga causa generalizada, se encuentra la medida en que los personajes que allí entran en juego personifiquen con mayor acierto autorepresentaciones colectivas sobre los sí mismos y sobre los otros.

Pero como analizo en aquella investigación, este tipo de movimientos tienen a autorrepresentar su conflicto a nivel ético universal, épico, incluso, y publicitarlo como un conflicto fundamental entre el bien y el mal (véase también Becker, Op. Cit.), donde hay salvadores y campeones, víctimas sacrificiales y pueblos elegidos.

Es decir que estas autorepresentaciones colectivas anclan en sentimientos generados en  un conflicto presente en nuestra cultura, autorepresentaciones propias de la época, de un zeitgeist particular, tanto como toman formas de las mitologías ancestrales aún presentes en nuestra cultura  y suponen ser parte de una lucha ética universal.
Las formas de representación y las condiciones sociales que determinan el alcance y dan una dirección ideológica al movimiento siempre están relacionados con un clima de época y con un conflicto sociopolítico concreto. Pero en la caja de donde se toman los materiales para fabricar esas imágenes, hay un ideario más antiguo, que se va construyendo lentamente, a partir de las mitologías y sus formas, que van formando el humus de nuestra cultura.
Aunque los casos de reclamos antiimpunidad y contra el poder que analizo en “la Necesidad…” sólo pueden ser entendidos en la época del menemismo y post-menemismo, están presentes en él todos los elementos de los discursos épicos y sacramentales que luego se harán más visibles en los reclamos que niegan su politicidad. Casos, tal como el de Blumberg, que, sin ser independientes de un conflicto general de fondo entre sujetos sociales o actores políticos, son representados más directamente como conflictos “universales”, en los que los actores juegan roles clásicos, en un conflicto tan viejo como los objetos y actores imaginarios más viejos presentes en nuestra tradición cultural. El discurso que suele dar expresión a estos movimientos niega su “politicidad”, supone ser de una moralidad superior y ajena a lo político.

La figuras del mal:
El caso Fernández, la masacre de Campana y el Juez Schiavo.

Así como las grandes empresas de comunicación no son solo medios que amplifican un reclamo, sino que ellos mismos se convierten en empresarios morales y pueden iniciar, estimular o protagonizar una campaña de persecución, los jueces (o los legisladores, o cualquier representante de un poder público, según el caso) no sólo es el objetivo hacia el cual se dirige el reclamo a fin de que emita la condena social formalizada, sino que ellos mismos se pueden convertir en el sujeto a degradar o perseguir. Esto puede ocurrir principalmente en caso de resistencia a adoptar las definiciones de la campaña moral, en el cual se tiende a construir construye la imagen al Juez como representante o defensor del bando antagónico. La fuerza de la campaña moral y la resistencia natural de los poderes jurídicamente informados a aceptarla tal como es convierte a la misma instancia judicial (o legislativa, o ejecutiva, según el caso), en un rival-objeto a vencer. Es decir que tiene la doble naturaleza de ser la instancia que da valor universal y formal a la definición moral; y por ello mismo, por su peso simbólico, un importante sujeto cuyo sometimiento significa en gran parte el triunfo definitivo. Por ello mismo, el juez puede ser el mismo sujeto a perseguir.
La primera semana de agosto del año 2008 los medios de comunicación nos escandalizaban con la noticia de un tal Fernández que gozaba de libertad condicional, y como castigo a su delator, asesinó a toda su familia (incluidos dos niños). Los medios enseguida apuntaron al Juez: Fernández tenía una condena inconclusa anterior, y había caído preso una segunda vez por tenencia de armas. Luego de dos años preso por esta segunda causa y sin juicio, un juez de apellido Schiavo ordenó su prisión domiciliaria con pulsera electrónica. Burló la vigilancia electrónica y pudo cometer el hecho.
Los medios enseguida apuntaron al Juez escandalizados. El Ministro de Seguridad de la Provincia reaccionó rápido y como le dictaban las normas del marketing político hoy, también acusó al Juez y pidió su juicio político.
En todos los programas de noticias, de opinión, de espectáculos, periodistas y “panelistas” de toda clase criticaban al Juez y a una justicia “demasiado blanda”.
Unos días después del hecho, el  7/8/2008, Canal 13 (Telenoche) presentaba así la siguiente noticia:
 “Otro pedido de juicio político al juez Schiavo. Las madres del dolor denunciaron que otro juez pide plata para otorgar el beneficio”.
La noticia informaba que “Las madres del dolor” denunciaron que recibieron un llamado de una persona que afirmaba ser la esposa de un preso, que denunció telefónicamente que un Juez de Junín le pidió 10.000 al imputado para darle el beneficio de la excarcelación. No sólo la noticia es de fuentes demasiado indirectas como para ser tomada como cierta por la prensa, sino, lo más curioso, es que nada tenía que ver con el Juez Schiavo. Pero se presentaba junto un hecho y el otro, sin pausa, en la misma noticia, y Schiavo (el Schiavo imaginario, que ya cada vez menos tendrá que ver con el Schiavo-persona), es manchado por la denuncia de las Madres del Dolor, aunque no lo fuera. Schiavo, sin ser Juez de Junín, ni amigo de aquel, se convierte en el juez coimero en el imaginario público.
La noticia, como toda noticia relacionada con la violencia y la justicia retributiva, apela a la emocionalidad, a la complicidad del público. No sólo a partir del sentimiento de indignación sino montándose en la legitimidad pública de una “organización de indignación”. Al mezclar un tema con otro, una información propia, sin desarrollar, en collage con la denuncia de “Las Madres del Dolor” -como si esa fuera la bajada del título principal- no sólo Schiavo resulta corrupto (en el doble sentido de funcionario poco ético y de lo podrido, lo degradado), sino que TN se convierte en ese momento un poco en “Las Madres del Dolor”.
Otra observación que puede ser relevante: “Las madres del dolor”, su nombre lo dice todo: mater dolorosa, mater admirabilis, ¿quién puede sufrir más que ellas? La mater dolorosa es una figura central en nuestro imaginario cultural católico: la madre sufriente que toma a su hijo en sus brazos después de la crucifixión. En el mismo imaginario sacrificial en el que se supone que su hijo fue muerto por culpa de los judíos y por brazo de los romanos. Si ellas son las mater dolorosas, en el pesado imaginario católico que llevamos heredado, sus hijos son jesuses. Y, efectivamente, sus victimarios suelen corresponderse bien con el doble vctimario, por exceso y por defecto, es decir, lo que en este imaginario representa bien al violento, poderoso, impiadoso (el romano) y el cobarde, traicionero  y corrupto (el judío). El valor de la representación del sacrificio cristiano en cada mater dolorosa cuyo hijo es muerto, permitirá deificarlo como víctima (y de allí que sus rostros emerjan en fotos, como íconos) pero sobre todo, su muerte deja una deuda que debe ser saldada. Debe volver. Se sostiene su presencia: ¡su muerte no debe ser en vano! Algo debe cambiar, ese cambio es el valor de su presencia, de la presencia de su memoria.
El muerto suele permanecer como fantasma. Y en la transacción de imágenes no debe quedar un espacio vacío. Su memoria (su fantasma) debe convertirse en algo, al menos en un cambio del estado de las cosas que reafirme su presencia: una ley que lleve su nombre, una fundación, un grupo, manifestaciones públicas. Los rituales lo recrean: marchas, campañas, misas, cadenas de oración. Nuevas sectas nacen con su muerte: Favelcid, Fundación Blumberg, Las Madres del Dolor, Asociación de Víctimas de…. Finalmente también vendrá un juicio (aunque sea terrenal y no divino, será una representación de aquel) en el que Él deberá ser reivindicado. Es inadmisible en este esquema, que no exista el juicio, o que no recaiga condena en él sobre el victimario.
Lo que ocurre en este proceso, también se repite. Como siempre -eterno retorno de la política- los Costantinos mucho mejor organizados políticamente (los medios y los políticos profesionales) revisten sus palacios con esos íconos, cooptar a los nuevos creyentes, les dan institucionalidad, y los utilizan a favor de su propio imperio.
Las mater dolorosas son las representantes genuinas del sentimiento más noble y venerado de nuestra cultura occidental y cristiana: el sufrimiento. Y como tal son la voz de la indignación, las verdaderas representantes de toda nuestra indignación esparcida, que encuentra por fin su objeto de deseo: el victimario. Ellas, que son la verdaderas sufrientes, gritan por la venganza, contra la que nadie puede estar, en su sano juicio. Y TN es, en este momento, al presentar una noticia en común, un poco ellas… o su sensato San José (No en vano, como observa Rodríguez (2000), el nombre del presentador justiciero es “Santo”). En otro momento TN será la voz de la cordura o del padre enojado. 

Las masas de sentimientos generalizados que se respiran en el aire de los barrios, particularmente la de los sentimientos más intensos (frustración, rencor, vulnerabilidad)  son enseguida olfateadas por el notero, el periodista, el presentador, el jefe de edición. El mejor periodista es quien sabe olfatearlas antes y representarlas mejor ante las cámaras, echando mano de los personajes más característicos de nuestro imaginario cultural.

Sólo un día después de la noticia antes presentada, el locutor de Telenoche habla del caso de una policía sospechada de torturar y matar a una detenida: “Este es uno de los expedientes sujetos a revisión. Mientras tanto impulsan el juicio político al Juez Schiavo”. Una vez más la operación de la sospecha contagiosa: Si en la nota anterior Schiavo era el corrupto (en las tragedias de la tradición católica, el judío), ahora la pareja victimaria se completa. También se asocia a él el violento impiadoso, inmisericorde (el romano). Nada tenía que ver Schiavo con el policía torturador, de más está decirlo. Pero nuevamente la noticia es solo una: Schiavo a revisión, el policía torturador a juicio político, o al revés, o todo junto, es lo mismo. Lo que queda es una figura desordenada donde se unen y mezclan las imágenes y sonidos sin ningún orden: torturador-juez-juicio político.

Entre los cientos de casos de excarcelados que firma un juez, siempre habrá reincidentes. En general esto se sabe, pero no son relevantes los casos particulares. En el caso en que un personaje comienza a ser un actor protagónico en este teatro del bien y del mal, en cambio, ese caso adquiere relevancia. Efectivamente, sólo dos semanas después se podrá encontrar otro caso en que un liberado, con la firma del mismo Juez cometió un delito. Ello será prueba incontrastable de su corrupción (en el sentido moral), o racionalmente, de su idoneidad. Como observa Kitsuse (1977), las pruebas del nuevo status degradado son interpretadas retroactivamente: se buscan en él hechos pasados que en otro contexto carecerían de significado y que ahora son reinterpretadas como la ratificación de su nuevo status negativo.

El objeto del mal.

Una semana después, el martes 12 de agosto el noticiero de Canal 9 presenta un extraño caso de un asesinato en San Martín. Se dice que el conductor de una camioneta, vecino de la zona, fue interceptado y le dispararon. Sin robarle nada. Vuelve de la nota y la conductora, una señora rubia de unos 50 años, que suele hablar con cariño de sus hijos y sus perros durante el noticiero, y que muestra inconfundibles modales conservadores y de clase media alta, cierra la nota con el siguiente comentario “Y nosotros les pagamos las pulseras, para que anden sueltos, con nuestros impuestos”. Por supuesto que al no saberse nada de los autores, no tenía nada que ver en el caso la pulsera electrónica. Ni siquiera se trataba del mismo tipo de delitos: El caso Fernández se trataba de una venganza pasional, un crimen brutal, contra un ex-cómplice delator. Éste, de un crimen limpio, a sangre fría, que más bien hacía pensar en un ejecutor profesional, o un crimen por encargo.
Pero si no existía entre ellos una conexión lógica, existía una conexión emocional: la indignación. El sentimiento de indignación permitía conectar un caso con otro. Y trasladar el problema de la pulsera electrónica del primer caso, al segundo, al tercero, etc. Al punto tal que todos los delincuentes están sueltos por la pulsera. La pulsera entonces, emergerá en el imaginario como el objeto maldito y se expandirá como foco de mal, aunque sólo tuviera que ver directamente en uno de los cientos casos que la prensa reproduce. La prensa se dedicará a investigar a todos los que están en detención domiciliaria con la pulsera y encontrará que “todos ellos son peligrosos: ladrones, violadores, homicidas” (Telenoche, Canal 13, 20 de agosto).


Los campeones

Las emociones colectivas y sus formas representativas en este caso se expresan en imágenes y sentimientos “universales”, a la vez comunes y sagrados. Pero los sentimientos que esas imágenes logran amalgamar encuentran una explicación en un contexto cultural y político particular. Las representaciones de víctima, victimario y mal absoluto del primer caso recaen en personajes muy contextualizados históricamente, pero se construyen con las formas de la tragedia y del sacrificio tan viejas como nuestra historia cultural.

Esta lógica de explotar comercialmente el sentimiento de indignación produce su intensificación y ampliación: cualquiera que se sienta indignado puede participar de ella y así al menos sentirse apoyado en su indignación por todo un grupo que la considera un imperativo moral. Esto ocurre porque la amplificación también flexibiliza la posible interpretación del caso que pasa a ser emblemático no sólo de casos similares sino de todos los casos en que exista una víctima y un victimario.
El sentimiento colectivo de indignación, como toda representación y emoción pública, puede ser aprovechado políticamente por el político profesional y por el medio de prensa para aumentar su representatividad. Esto es la que la convierte en “punitivismo” puro y duro a la hora de impactar en las políticas criminales. Hay que poder darle cierta solidez a estos sentimientos difusos, amalgamarlos, y representarlos para utilizarlos en la estrategia del marketing político: Deshacernos del malvado y del objeto maligno es una promesa de fácil formulación y de relativamente fácil cumplimiento.  Pero el ciclo vuelve a ocurrir, lo que no deja de encerrar al político en una paradoja edipiana, a largo plazo: si él, el salvador de la ciudad, efectivamente derrotó a la esfinge, nos salvó de la peste ¿cómo es que la peste vuelve una y otra vez? Aquello que es la promesa del reinado de la ciudad es, para su nuevo rey, la misma causa de su perdición. El capital político amasado sobre el punitivismo es muy volátil y puede explotar en cualquier momento, es aceptar el trono atándose la espada de Damocles sobre la cabeza. Como atenuante habrá que decir, que en épocas de crisis de representatividad y de las ideologías, en épocas de crisis de las promesas del futuro, tampoco es fácil de intentar resistir el embate del punitivismo, sin utilizarlo al menos parcialmente a favor.
Frente a esto existe hoy un nuevo tipo de político que estamos viendo emerger que se comporta de forma mucho más experta, más acorde con el nuevo management, como un etrepreneur, él mismo, de la representatividad. No promete la liberación de la peste, ni derrotar a la esfinge. Sino que cabalga permanentemente sobre la crisis. Es decir, aprovecha cada pequeño caso que “conmueve a la opinión pública” que excita sentimientos de indignación generalizados y se monta sobre él, sin quemarse. Si hay un secuestro, no promete la liberación, sino que se muestra sufriente, esforzado y preocupado. En la liberación está pronto, llega aún antes que la ambulancia y que las cámaras y se preocupa de ser visto (si llega en un caballo volador, tanto mejor para el efecto comunicativo). No es el padre.-rey, es el campeón, el guerrero valeroso, de un pueblo que se siente derrotado pero que no se rinde en la lucha. La policía es su brazo armado en los momentos de acierto, y su enemigo en los desaciertos. Es víctima, pero heroica. Finalmente, sin embargo, le espera el mismo camino: el pueblo quiere ver a su campeón vencer (¿Quién recordaría hoy a David, sino hubiera vencido a Goliat? De los Davides heroicos pero perdedores nadie extrae su gloria pasada ni futura).
Este tipo de políticos no depende de una ideología punitiva fija. Más bien son flexibles y pivotantes. Cuando la opinión pública se alarma frente al delito callejero, llega en helicóptero para hacerle frente. Cuando se alarma frente a la policía autoritaria, los enfrenta, y los expulsa, también simbólicamente, con una lógica expurgatoria puramente expresiva.

La Coherencia

El jueves 28 de agosto siguiente, los medios televisivos se hicieron presentes en un colegio donde los padres realizaban su séptima marcha por un caso de abuso sexual. Pero esta vez, con una peculiaridad: no era para que metieran preso a un maestro acusado de abuso era para que lo liberasen. Los medios, esta vez, estaban del otro lado. Apoyando con la misma naturalidad y certeza moral que siempre la causa de la responsabilidad jurídica a la hora de juzgar. Se mostró un cartel casero que rezaba: “No cambiemos el in dubio pro reo a por las dudas te arreo”.
Curiosamente, era la séptima marcha de los padres, pero la primera que los medios de televisión atendían. Y esto se debía a una razón: el caso fue noticia porque la decisión estaba en manos del mismo Juez degradado públicamente por  los casos anteriores. El reportero preguntó intencionadamente a la esposa del maestro acusado si su prisión era responsabilidad del Juez Schiavo. La respuesta de la señora fue poco satisfactoria a este punto, porque señaló a la jueza original de la causa como responsable y no a este juez, que sólo actuaba como subrogante, y entonces el tema no se volvió a tocar, perdió relevancia. Fue la última marcha de este grupo de padres televisada.

En el mundo de la noticia policial un triple crimen vinculado a la mafia de las drogas legales y al narcotráfico, con ribetes de película de Hollywood (homicidios “con mensaje”, jóvenes empresarios exitosos, narcos y asesinos mejicanos con enormes revólveres), resultó tan atractivo e intrigante que ya casi nadie recordó al maligno Juez Schiavo, y a la masacre del tal Fernández, quien pasó calladamente a la intrascendencia nuevamente. Ahora sólo importaba “El Triple Crimen de General Rodríguez” y los narcos mejicanos.

A pesar de lo hasta aquí señalado, el mismo grupo Clarín no podría ser acusado de ser un agente del punitivismo, al menos no de forma consecuente y sostenida. Según el clima de cada período Clarín puede ser el adalid del garantismo y el fiscal de la policía corrupta como el verdugo del delincuente, y defensor de la policía y la dureza penal. En esto, muchos de los medios masivos sigue la misma estrategia que podríamos llamar “de ideología flexible”.

Tres años antes de la dura ceremonia pública de degradación antes reseñada, el 5 del mismo mes de agosto, Clarín presentaba una extensa nota con el siguiente título:
“En la Provincia, tres de cada diez presos son inocentes.” La bajada explicaba: “Están bajo prisión preventiva hasta cuatro años, y en el juicio oral terminan absueltos o sobreseídos. Cayeron por diversas maniobras policiales y, como la mayoría es pobre, tienen defensores oficiales que les dedican poco tiempo. Cuando salen libres, ni siquiera reciben ayuda ni indemnización del Estado.”
La nota es tan dura con el sistema penal y la prisión preventiva que vale la pena transcribir alguna de sus partes:
”Primero cayeron como moscas en los trucos de policías inescrupulosos, después quedaron atrapados en los pliegues de una trama legal que les niega el derecho constitucional de esperar el juicio en libertad, ahora son defendidos por abogados a quienes ni siquiera conocen, y dentro de tres o cuatro años, cuando la Justicia les haga justicia, ni siquiera podrán esperar que el Estado los indemnice por el error. En la provincia de Buenos Aires, unos nueve mil presos inocentes esperan que la democracia llegue hasta ellos.”
Continúa dando cifras alarmantes sobre los presos sin condena y la detención en comisarías, explica que es el efecto de políticas de mano dura, y que del 75% de los presos  “la Justicia no determinó aún si son culpables del delito del que se los acusa”. Luego aclara que “un 28 por ciento de las sentencias dictadas en relación a las personas detenidas son "absoluciones o sobreseimientos". Es decir que tres de cada diez presos termina siendo declarado inocente. Cerca de 9.000 personas.”

La nota es profusa en cifras y en información y muy crítica en su análisis. Informa sobre las estrategias policiales para inducir una imputación, sobre las dificultades de la defensa pública y la arbitrariedad de la selectividad penal. Finalmente, informa que a los detenidos y absueltos, en el 80% de los casos se les niega cualquier tipo de indemnización.

Pero, entonces ¿qué ideología tiene Clarín? ¿Cuál es su postura frente al sistema penal? La ideología, en una empresa tan masiva, sólo sería un lastre. Existe en psicología cognitiva un fenómeno que se llama “disonancia cognitiva”. Según una definición cualquiera: “El concepto de disonancia cognitiva, en Psicología, hace referencia a la tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias, emociones y actitudes (cogniciones) que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto, o por un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias. Es decir, el término se refiere a la percepción de incompatibilidad de dos cogniciones simultáneas.”
Lo que para una persona es un fenómeno que produce tensión, y por lo tanto mecanismos compensatorios, para una empresa, en este caso un medio de comunicación con ideología pivotante o flexible, es un comportamiento natural, que le permite operar siempre instrumentalmente, capitalizando representatividad en cada momento sin involucrarse en el costo que tendría un perfil ideológico particular fijo.


Hacia dónde se inclina la ideología flexible

¿Qué es lo que ha cambiado para que dependiendo de la época, Clarín (o cualquier otro gran medio) sea el defensor del garantismo y los derechos humanos, al sheriff violento que reclama la prisión a todos sin si quiera pretender una máscara de mesura? En un mismo año, o de un mes a otro, puede a veces darse este viraje. ¿Cuáles son los intereses, las condiciones, que lo explican? Investigarlo y analizarlo con detalle es algo que todavía no se ha hecho extensamente. Y nuestras denuncias de punitivismo mediático seguirán sin provocar ningún efecto si no se analiza y aborda con investigaciones específicas estos fenómenos.

Podemos señalar, acaso, una de las condiciones de que esto ocurra. Siguiendo nuevamente a Becker (Op.Cit.) toda conducta de un actor concreto está motivada por un interés. Es decir que la intervención de un agente creador o impositor de normas está determinada por un interés concreto en participar en la campaña [1].
Si esto es cierto, hay al menos cuatro situaciones en las que la instigación de la campaña por parte de una o varias empresas de prensa puede responder a su interés:

1) Cuando hay una ideología fuerte que marca el perfil de la empresa que impone su intervención. Hay medios de comunicación abiertamente conservadores y reaccionarios, así como hay medios de comunicación marcadamente progresistas y de izquierda Si la campaña corresponde con su ideología y la de sus clientes-lectores se espera del medio que represente fielmente sus valores, por lo cual, deberá tomar partido. Sin embargo las empresas más grandes no condicionan su interés comercial a una ideología fija, más bien se muestran con ideología flexible o pivotante, de acuerdo a lo que se supone que proveerá mayor representatividad y por ende, mayor público.

2) Cuando toca algún interés directo o indirecto del grupo empresario. Los medios de comunicación impresos, radiales o televisivos de mayor envergadura hoy sólo son una empresa más de todo un holding empresario que suele incluir compañías de teléfono, de internet, fábricas de papel, etc. En este sentido, una política pública siempre corre riesgo de tocar un interés particular, con lo cual probablemente esto pueda iniciar una campaña como respuesta. La empresa de prensa operará siempre en función de ese interés.

3) Cuando está enfrascado en una lucha política con otro agente político de peso, por ejemplo el gobierno (por la razón anterior o por otra). En este sentido las noticias repetidas sobre la inseguridad, cuando se ordenan en forma de campaña, siempre afectan al gobierno en tanto es el principal objeto de reclamos públicos. Demostrar caos social, inseguridad, miedo, afecta a la autoridad constituida como legítima y la coloca en un rol de impotencia [2].

4) Cuando, sin mediar los intereses anteriores y sin tener el perfil del medio una ideología particular, el reclamo se presenta como legítimo y representativo para un sector importante de la población. En este sentido el medio pretende posicionarse como la voz moral de “la gente” (el gran público) a quien siempre alude en su reclamo. Esto es necesario para su imagen (la imagen de ser un fiel representante de los valores y formas de sentir de “la gente”), lo cual aporta a la expansión del medio (su poder y su mercado) consiguiendo la fidelidad del público consumidor (Gutiérrez, 2006).

Sin ser excluyente de otras posibilidades, esta enumeración no es tampoco una lista. Los intereses no suelen darse en la realidad ni homogéneamente ni solos. Habrá que buscar en cada caso la combinación de intereses, entre los aquí señalados y otros propios del conflicto en particular, que hacen a un medio de comunicación embarcarse en la empresa moral y protagonizar la campaña de persecución.
Por ejemplo, en el caso Cabello, analizado en la investigación antes mencionada (2006), Clarín adoptó paulatinamente la postura de la campaña moral de los familiares de las víctimas a medida que ésta demostraba popularidad. Sin embargo, también era la época que este grupo empresario se enemistaba con el Gobierno de Carlos Menem (y esto ocurría justamente, porque su popularidad ya era muy baja, lo que hacía que Clarín tomara cada vez más distancia del gobierno). Es decir que tanto por puro interés de representatividad moral como por estrategia política, al Grupo Clarín el caso le servía por la dirección ideológica que tomaba. Por cercanía y difusión con su clientela de clase media baja, Clarín podía sumarse al reclamo como uno más con naturalidad.
Similar combinación de intereses parece darse en el caso analizado en este ensayo.
Este tipo de noticias alarmistas que aquí trascribimos es mucho más frecuente y ha adquirido un tono mucho más alarmista en el año 2008 que en el 2007, y observa un desplazamiento ideológico más fuerte aún respecto de los dos años anteriores a ese. Pero este grupo empresario siempre fue de ideología flexible y pivotante, no está marcado por un interés ideológico estable particular. El momento en que ocurre su giro ideológico parece coincidir con la ruptura de la alianza política que mantenía con el gobierno de Kirchner y su posterior enfrentamiento (que también se traduce en enfrentamientos empresarios). Así la imagen de caos e inseguridad generalizada socavaría las representaciones del delito que sostiene el gobierno en sus discursos (menos represivo que los otros grandes partidos), y por lo tanto ataca indirectamente a la ideología discursiva del gobierno mismo, a la vez que crea la imagen de inidoneidad o impotencia.
Otros fenómenos que se cruzan y son parte de éste. El aparente cambio ideológico se ha vuelto brusco la última semana de agosto de 2008: el noticiero de televisión abierta del grupo empresario (Telenoche) apoya causas abiertamente irracionales y punitivistas (como en el caso de los condenados por delitos sexuales, el muro de la infamia donde se publicarían las caras de todos los condenados, su registro de ADN, su persecución pública más allá de su condena), lo que en otro momento hubiera resultado violento e inaceptable. Este vuelco en concreto no parece tener relación directa con su enfrentamiento con el gobierno que no ha intervenido públicamente pronunciándose sobre esta cuestión puntual, por ejemplo. Esto parece más bien conectar sus intereses de intervenir y representar la “voz autorizada” con un cambio generalizado en la sensibilidad pública, en el clima político cultural y en las representaciones sobre el delito, el delincuente y la justicia, en el que quiere ser posicionado como un fiel representante (cambio de “clima” que a su vez tendrá otras causas y correspondencias, pero que se favorece también cuando estos grandes medios lo siguen)
Una explicación no es excluyente de la otra y, por el contrario, en la realidad ambos procesos podrán funcionar simbióticamente si sus efectos coinciden en la misma dirección. En ese caso se tienden a reforzar y fertilizarse mutuamente.

Un particular campo de investigación empírica que debe abrirse, entonces, apunta a refutar o ratificar este tipo de conexiones, buscar cuáles son las condiciones que ponen en marcha ese interés de los empresarios morales organizados (como empresas o fundaciones), cómo se crean, trasmiten y comercian las construcciones simbólicas que se producen y reproducen desde los medios de comunicación, y cómo estos influyen en el creciente punitivismo político en un momento u otro.


Bibliografía

Becker, Howard (1971) Los extraños. Sociología de la desviación. Tiempo Contemporáneo. Buenos Aires.
Garfinkel, Harold (2006) “Condiciones de las ceremonias exitosas de degradación”,  en Delito y Sociedad, Revista de Ciencias Sociales, nro. 22, año 2006, UNL. \(1956) “Conditions of Successful Degradation Ceremonies”. En American Journal of Sociology, Volumen 61, Issue 5 (Mar., 1956), 420-424.
Gayol, Sandra y Kessler, Gabriel (compiladores) (2002) Violencias, Delitos y Justicia en la Argentina. Manantial. Buenos Aires.
Gutiérrez, Mariano Hernán  (2006) La Necesidad Social de Castigar. Reclamos de Castigo y Crisis de la Justicia. Editorial Fabián Di Plácido, Buenos Aires
    (2007) La Dinámica de las Oposiciones y la Inseguridad Subjetiva. Editorial Fabián Di Plácido, Buenos Aires
Kitsuse, John (1977) “Reacción de la Sociedad ante la Conducta Desviada: Problemas de Teoría y Método”. En Rosa Del Olmo, comp. Estigmatización y Conducta Desviada, Maracaibo, Univ. Del Zulia.
Rodríguez, Esteban (2000) Justicia Mediática. La Administración de Justicia en los Medios Masivos de Comunicación. Las Formas del espectáculo. Ad-Hoc. Buenos Aires.


Notas:


[*] El autor es Abogado, Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Magister en Criminología, Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Profesor Adjunto de Derecho Penal I en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Profesor de posgrado para materias relacionadas con la criminología en la Univ. de Buenos Aires, Univ. de Belgrano y Univ. Nac. de Lomas de Zamora. Integra el Programa de Estudios del Control Social del Instituto "Gino Germani" y el Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC).  Es autor del libro "La necesidad social de castigar. Reclamos de castigo y crisis de la justicia" de Editorial Fabián J. Di Plácido, compilador junto con Maria Laura Böhm del libro  "Politicas de seguridad. Peligros y desafíos para la criminología del nuevo siglo" de Editores del Puerto y autor de numerosos artículos en revistas de derecho penal y criminología.

[1] Algunos podrían cuestionar el alcance de esta afirmación, en tanto conductas motivadas “con arreglo a valores” no siempre están motivadas por un interés racional (para los interaccionistas, sin embargo, sí). La objeción podría ser válida salvo en el mundo de las grandes empresas. Tal vez ellos sean los sujetos cuyo comportamiento está guíado utilitariamente (en términos económicos) de la forma más racional y calculadora posible. Sin dudas la intervención de una gran empresa comercial sí, siempre está motivada por la existencia de un interés.

[2] Por ejemplo Stella Martini afirma que “durante la campaña presidencial de 1999, acompañando a la Alianza, muchos de los medios argentinos (entre ellos Clarín y La Nación) construyeron una agenda policial con notas de tapa casi todos los días y comentarios sobre el tema. Acorde con las propuestas de ‘lograr la transparencia’y ‘administrar una sociedad más segura’, del entonces binomio De la Rúa-Alvarez, algunos de los medios dedicados a los sectores medios y altos de nuestro país ofrecieron imágenes de una sociedad insegura. Esa imagen abandonó las tapas de los matutinos citados en cuanto asumió el nuevo gobierno, momento en que las agencias de noticias policiales se reorganizaron para mostrar un índice menor de inseguridad.” (Martini, Stella, “Agendas policiales de los medios en la Argentina”, en Gayol y Kessler, 2002)

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