Construyendo un delincuente: Ramos Mejía y el ejercicio ilegal de la medicina (sobre motivos e influencias).

Por Mauricio Ernesto Macagno


INTRODUCCIÓN

El autor del delito previsto en el artículo 208 inciso 1º del Código penal argentino posee ciertas características que lo tornan único. Se trata del “curandero”, a decir de la doctrina mayoritaria, o “falso médico” que, sin tener “título o autorización para el ejercicio de un arte de curar o excediendo la misma”, y aún gratuitamente, despliega las siguientes conductas que desvían a los pacientes del tratamiento correcto –léase, “medicina científica”-: anuncia, prescribe, administra o aplica habitualmente “medicamentos, aguas, electricidad, hipnotismo, o cualquier medio destinado al tratamiento de las enfermedades de las personas”. La norma también prevé al denominado “charlatán” (inciso, 2º)  –quien poseyendo título o autorización legal, anuncia o promete “la curación de enfermedades a término fijo o por medios infalibles- y al “prestanombre” (inc. 3º)  –quien por tener título o autorización para el ejercicio de un arte de curar presta su nombre para que lo practique quien no lo tiene-.

A pesar de los conceptos infinitamente amplios que resultan de la norma legal, cabe preguntarse ¿a quién iba dirigida esta prohibición?, ¿quién era aquel sujeto que causó tanta preocupación atrayendo la mirada del codificador?, ¿cómo se construyó este “tipo delincuente”? No se pretende un regreso irrestricto a la voluntad del creador de la norma como fuente del derecho, sino una breve investigación de ésta a los efectos de contribuir a una correcta y sistemática interpretación y posterior aplicación de la norma penal. Es en este marco que me propongo efectuar alguna aproximación a los interrogantes señalados desde las opiniones de uno de los más prominentes miembros de la corporación médica argentina de fines del siglo XIX y principios del XX, gestor sin lugar a dudas del tipo penal en estudio: JOSÉ MARÍA RAMOS MEJÍA.

 

HIPÓTESIS Y METODOLOGÍA


JOSÉ MARÍA RAMOS MEJÍA no fue un hombre usual, sino que representó al intelectual de acción[1]. No se quedó a medio camino con la crítica, sino que puso en práctica sus ideas en pos de fundar una nación sana y limpia. Prestigioso médico psiquiatra, adscribió a las ideas positivistas en boga desde su cátedra de Enfermedades Nerviosas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Prolífico escritor, fundó en 1873 el Círculo Médico, promovió en 1882 la creación de la Asistencia Pública de la ciudad de Buenos Aires –la que luego dirigió-, asumió en 1892 la presidencia del Departamento Nacional de Higiene –que rigió hasta 1897- para luego tomar las riendas, ya en 1908, del Consejo Nacional de Educación. En el año 1906 integró, como único médico, la comisión redactora del Proyecto de Código penal de donde proviene el antes citado artículo 208[2].

Principalmente desde la conducción del Departamento Nacional de Higiene, RAMOS MEJÍA demostró su preocupación por consolidar y depurar la actividad médico-sanitaria de aquellas personas que, sin título habilitante o autorización del Estado, ejercían tan noble tarea. No sólo los persiguió y reprimió, sino que elevó a las autoridades nacionales un proyecto de ley que contemplara tales supuestos. Además, hacia el año 1904, produjo su pluma una clara y precisa descripción del objeto de sus desvelos, en una muy interesante obra de tintes positivistas: “Los simuladores del talento en las luchas por la personalidad y la vida”.

La creación del tipo de autor del artículo 208 sugiere la mano de RAMOS MEJÍA, si consideramos para ello sus preocupaciones al respecto manifestadas desde la función pública, la participación que le cupo en la comisión reformadora y la construcción del estereotipo del “médico gitano” en “Los simuladores del talento…”. Se consolida, de esta manera, una forma particular de delincuencia que representaba un peligro para la corporación médica que se afirmaba en nuestro país luego de las grandes epidemias de fines del siglo XIX. Lo postulado no importa desconocer la existencia de otros grupos o personas que, en el mismo sentido, promovieron la creación de la figura penal sino, simplemente, indicar la labor de quien aparece, sin dudas, como la cabeza visible de este movimiento[3].

Aún cuando los penalistas generalmente han demostrado poco interés por los análisis de tipo histórico, estimo necesario y productivo vigorizar este tipo de examen. En tal sentido, juzgo provechosa la propuesta de los profesores ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR de un principio de saneamiento genealógico como limitador de la criminalización que emerge directamente del Estado constitucional de derecho.

La criminalización es el proceso por el cual se selecciona a un reducido grupo de personas a las cuales se las somete coactivamente para aplicarles una pena. A su vez, se distingue en este proceso una criminalización primaria –acto y efecto de sancionar una ley penal material que incrimine o permita la punición de ciertas personas- de una secundaria –“acción punitiva ejercida sobre las personas concretas”-[4]. La primera de las mencionadas –donde se centra el presente análisis- surge en un contexto histórico, cultural y de poder determinado. Así, “el legislador construye un tipo, imagina un conflicto y lo define, condicionado por las representaciones colectivas, los prejuicios, las valoraciones éticas, los conocimientos científicos, los factores de poder y las racionalizaciones de su particular momento histórico y cultural”[5], imponiendo a la norma penal una carga ideológica específica. Esta “carga ideológica originaria”, arrastrada por los tipos penales, explican ZAFFARONI-ALAGIA-SLOKAR, es la “genealogía del tipo penal” que debe investigarse comparativa e históricamente por medio del Derecho penal comparado y del análisis del contexto de poder primigenio.

“El objetivo de la investigación genealógica de los tipos penales es descubrir los componentes de arrastre peligrosos para el estado de derecho y facilitar una labor interpretativa depurada de los mismos. En una dogmática penal que persigue un objetivo político preciso, no basta como primer paso un análisis exegético del texto si no va acompañado del necesario rastreo de su genealogía, que ponga al descubierto los componentes de estado de policía que arrastra y que deben ser cuidadosamente neutralizados en la construcción” [6]. Tal es la finalidad que persiguen las líneas que siguen.

 

ESTEREOTIPO, PREJUICIO Y DISCRIMINACIÓN

           

AMOSSY y HERSCHBERG destacan una íntima relación entre estereotipo y prejuicio que lleva a una confusión entre ambas nociones[7]. Sin embargo, y a los fines del presente trabajo, es preciso efectuar ciertas distinciones siguiendo la obra de estas autores.

            El “estereotipo” aparece como “una creencia, una opinión, una representación relativa a un grupo y a sus miembros”; el “prejuicio” designa la “actitud adoptada hacia los miembros del grupo en cuestión”, o mejor, la “actitud negativa injustificable”. En base a ello, desde distintos estudios sociales se ha impulsado una visión tripartita de la cuestión que observa la presencia de un componente cognitivo (el estereotipo), uno afectivo (el prejuicio) y uno comportamental (la discriminación). Esto significa que, por ejemplo, el estereotipo del “negro” es la representación social, la imagen colectiva, el conjunto de rasgos característicos que se le atribuyen; mientras que el prejuicio es la tendencia a juzgarlo desfavorablemente. La discriminación, aparece como la actitud puesta en movimiento, con actos que desfavorezcan o ataquen al sujeto en virtud del prejuicio previo[8].

            Distintos estudios intentaron demostrar de donde surge el estereotipo haciendo base en diferentes aspectos o funciones del mismo[9]; entre ellos, MUZAFER SHERIF, con su “teoría realista del conflicto”, presenta al estereotipo como el resultado de la competencia por la apropiación de recursos limitados. El estereotipo desvalorizante es un instrumento de legitimación de situaciones de dominación, lo que le otorga suma importancia en casos de subordinación de grupos étnicos, raciales o nacionales por otros. “La promulgación de imágenes de superioridad-inferioridad en una sociedad es […] uno de los medios que utiliza el grupo dominante para mantener su posición”[10]. Estas ideas llevan a que SHERIF critique la denominada “Hipótesis del contacto” que consideraba que al estereotipo como fruto de la ignorancia por insuficiencia de información respecto de la realidad del otro grupo, el que desaparece o se modifica confrontando el estereotipo con dicha realidad mediante contactos grupales. Según este autor, ello no era factible porque el contacto siempre es mediatizado por las imágenes o representaciones preexistentes.

            Por otra parte, también se ha señalado, junto al aspecto peyorativo o dañino del estereotipo, una función constructiva de cohesión social. Se trata de una manifestación de la solidaridad social que refuerza los vínculos intersubjetivos y protege al grupo de toda amenaza de cambio. Cuando el sujeto asume los modelos estereotipados se identifica con un grupo determinado, ya sea el de pertenencia o al que se quiere ingresar proclamando, de este modo, su adhesión indirecta. De allí que se haya afirmado que “el estereotipo no se conforma con señalar una pertenencia, la autoriza y la garantiza”[11].

            También con fundamentos en la identidad del individuo la cual, no sólo de define en términos de personalidad individual sino grupal, se indica que el estereotipo refuerza la autoestima porque funciona como categorización que permite distinguir a “nosotros” de “ellos”. HENRI TAJFEL, con su “teoría de la identidad social”, explica que todas las representaciones estereotipadas, aún deformadas, son funcionales. Los individuos tienen una tendencia a acentuar las similitudes entre los miembros del grupo –endogrupo- para valorizarse a expensas del otro –exogrupo-. Según este autor, no es necesario ningún tipo de conflicto o competencia para que se dé la situación demarcada, porque la fomenta el simple sentimiento de pertenecer a un grupo determinado. Se tiende a evaluar más favorablemente a todos aquellos que conforman su grupo creando, a su vez, imágenes desfavorables de quienes se hallan en el otro grupo.

            Por último, es necesario recordar que SALOMÓN ASCH ha expuesto una función cognitiva mayúscula del estereotipo en razón de su simplificación, que permite la incorporación de una gran cantidad de información que luego puede ser corregida. Se tratarían de las llamadas “primeras impresiones” aún cuando pueda hacérsele igual crítica que a la “hipótesis del contacto”[12].

            Todas estas explicaciones sobre la génesis y las funciones del estereotipo permiten efectuar algunas observaciones sobre el “falso médico” de JOSÉ MARÍA RAMOS MEJÍA.

 

EL DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE Y UN PRESIDENTE CON “MANO DURA”.

                        El 30 de setiembre de 1891 se sanciona la ley 2829[13] que instaura un organismo novedoso para el Estado argentino, el Departamento Nacional de Higiene, a cuyo cargo se pone “el estudio de las cuestiones relativas a la higiene y a la salud pública” y el proponer al Poder Ejecutivo “las medidas conducentes para su salvaguardia”, así como la investigación científica o administrativa que favorezcan sus propósitos[14]. El artículo 3º de dicha ley establecía que también quedaba encargada de “la inspección sanitaria de los puertos de la República, la dirección y administración de los lazaretos y las instalaciones determinadas por la convención sanitaria, así como la vigilancia del ejercicio de la medicina y de la farmacia, de acuerdo con la ley de la Provincia de Buenos Aires, fecha 18 de julio de 1877, que queda en vigor en los territorios nacionales, hasta tanto se sancione el código sanitario nacional”[15].

En el año 1892, JOSÉ MARÍA RAMOS MEJÍA asumió la presidencia del Departamento Nacional de Higiene desde donde se dio a la tarea de consolidar una Argentina “higiénica” y “purificada” en el más amplio sentido de los términos[16]. Realmente, una “obra patriótica y necesaria” como gustó decir el higienista argentino, que exigió la nacionalización del organismo en detrimento de los estados provinciales, cuyos gobiernos, en virtud de sus pocos recursos económicos, se vieron forzados a aceptarla para no sucumbir bajo el imperio de las pestes que amenazaban todo el territorio nacional[17]. Ello, sin dudas, acrecentado por el aún no disipado temor a padecer nuevas epidemias, como la de fiebre amarilla de 1871. “Era, pues –explicaba el propio RAMOS MEJÍA -, obra patriótica y necesaria nacionalizar al Departamento, hacer de esta institución que se había mantenido exclusivamente ‘metropolitana’, una institución nacional como lo exigía el espíritu de su creación, la necesidad y el patriotismo” [18]. En otras palabras, “un verdadero atropello jurisdiccional”[19].

Ya desde su puesto directivo, prohijó ingentes esfuerzos por lograr un férreo control de la actividad médico-sanitaria y la desaparición de falsos médicos y otros sujetos que se arrogaban el ejercicio sin título de alguna rama del arte de curar. Tal, por otra parte, era una función propia del organismo a su cargo y deber ineludible del presidente, como él mismo se impuso a través del artículo 5º del reglamento interno establecido durante su mandato. Sin embargo, criticó duramente la ley en vigor por cuanto fue sancionada “para llenar las necesidades de aquella época” ofreciendo hacia la finales del siglo XIX, “grandes deficiencias que [era] necesario salvar a la brevedad posible, pues a su sombra se [mantenía]  un estado de cosas perjudiciales al buen servicio público”. Describía una situación caótica y anárquica, ajena al “orden y progreso” que debía imperar en estas tierras: “El charlatanismo y aquellos médicos, farmacéuticos, etc., poco escrupulosos, amparados por el silencio de la ley mencionada, ejercen sus criminales propósitos con impunidad manifiesta, sin que la autoridad sanitaria encargada de velar por la salud pública y el correcto ejercicio de estas profesiones liberales, pueda reprimirlas en la extensión que fuera deseable”[20].

A pesar de las críticas a la normativa de aplicación, promovió la persecución y represión del ejercicio sin título habilitante del arte de curar, aunque muchas veces no lo acompañaran los jueces en tal patriótica tarea[21], “enfermedad social” que encontraba “en la ignorancia y simplicidad de la mayoría, campo fecundo para su explotación provechosa”[22]. De ello da cuenta en su Memoria, donde hace constar que durante el período comprendido entre el 1º de enero de 1892 y el 31 de diciembre de 1894 se dictaron 93 “resoluciones sobre infracciones en el ejercicio de la medicina, farmacia, etc.”; se multaron a 52 personas por distintas infracciones, mientras se apercibieron a 129. De tal informe resulta, además, que se labraron 151 actas y declaraciones por denuncias relacionadas con estas infracciones[23]. Empero aclara -con un halo de xenofobia-, que entre los sancionados “desgraciadamente... se encuentran médicos diplomados, aunque para el honor del cuerpo médico nacional, los argentinos figuran como una excepción”[24].

Aunque su preocupación principal, en este orden, giraba en derredor del curandero o falso médico, también reclamaba medidas represivas contra una “nueva plaga social”, las adivinas, que “anunciaban la curación de mil enfermedades exóticas e inverosímiles” por medio de la prensa. Con desconocimiento del principio constitucional de legalidad penal, menciona que el Departamento Nacional de Higiene llamó y apercibió “aunque sin éxito” a muchas de ellas[25].

A los fines de “proponer” al Poder Ejecutivo las maneras más eficaces para exterminar esta “plaga social”, durante su mandato, desde el Departamento Nacional de Higiene se proyecta y promueve la sanción de una ley que reglamentaba el “ejercicio de la medicina y demás ramos del arte de curar” [26]. Este proyecto que mantiene en manos del referido organismo la represión del curanderismo, y al igual que el art. 208 vigente castiga a quienes ejercieran la medicina sin el correspondiente título expedido por una facultad de medicina y reconocido por el Estado argentino o su autorización[27].

Si bien ya en el art. 6, inciso 1º, del citado proyecto comienza a delinearse el autor típico del delito de ejercicio ilegal de la medicina, el artículo 7 contempla el ejercicio ilegal del arte de curar con usurpación de título. Vale señalar que en la mentalidad de los redactores de esta propuesta elevada al Ejecutivo, imperaba el odio al extranjero que los llevó a instituir en el art. 8 un tipo particular cuya conducta se despliega “habiendo usurpado el título argentino de médico”. Innegablemente, se trataba de frenar a las masas díscolas venidas de allende los mares.

También, pero en el inciso 3º del mencionado art. 6 del proyecto, aparece un delincuente similar al previsto por el actualmente vigente inciso 3º del art. 208, pese a no especificar que se “preste el nombre”, esta conducta se hallaba incluida: “toda persona que poseyendo un título regular, salga de las atribuciones que la ley le confiere, principalmente si se asociare en el ejercicio de su profesión y en la asistencia de los enfermos con personas no habilitadas legalmente para ello; si prestasen su concurso a las personas que se refieren los párrafos precedentes, con el objeto de sustraerlas a las prescripciones de la presente ley”. Sin embargo, es sin dudar, el nacimiento legislativo del “charlatán”, cuando en el art. 12, textualmente expresa: “Los médicos sólo podrán poner en sus avisos el nombre y domicilio, títulos adquiridos o revalidados en el país y la especialidad a que se dedican. Será considerada como una falta penada con multa de doscientos a quinientos pesos, anuncios en que se prometa la curación de todas o determinadas enfermedades, en un plazo marcado o no, o que se anuncie el empleo de un agente terapéutico de efecto infalible para una o más enfermedades”. Ello se vigoriza con el art. 40, destinado a los farmacéuticos, por la cual quedaba “prohibida la publicación de avisos en que se anuncie la venta de medicamentos atribuyéndoles propiedades específicas infalibles para curar tal o cual enfermedad o en un tiempo determinado”.

Los tratadistas y comentaristas de nuestro Digesto de fondo no mencionan este proyecto como antecedente del tipo penal del art. 208, lo que bien puede sostenerse en vista de lo señalado, y se refuerza si se advierte que viera la luz en una institución presidida por uno de los integrantes de la comisión del Proyecto de Código penal de 1906.

 

EL “MÉDICO GITANO” Y SU TALENTO SIMULADO

            Es justamente en el ya mencionado libro Los simuladores del talento en las luchas por la personalidad y la vida, donde RAMOS MEJÍA da vida al delincuente que “la ley ha querido reprimir por su peligrosidad y por los peligros que crea su criminal conducta”, como afirmara EUSEBIO GÓMEZ[28]. Pero debe destacarse que no es una obra de cátedra dirigida a sus pares de la intelectualidad porteña; es un manual de divulgación “científica”, un interesante y tendencioso registro de seres que poblaban la ciudad capital conocidos como la “mala vida”[29]. Su pluma docente creó un éxito editorial[30] que debe ser analizado en este marco: no es la clase magistral sólo para iniciados; posee el estilo ameno, llano y directo del científico que educa y moraliza a un pueblo. Un padre que se dirige a sus párvulos.  

            En sus páginas, describe así al llamado “médico gitano”: “La lucha por la vida y por la personalidad, le ha sugerido la literatura tan peculiar, y ya bien conocida del aviso de caza, en el que el ingenio, que la pasión del lucro aguza tanto, inventa verdaderas obras de arte del chantaje y captación. Es menester haber sido enfermo alguna vez, para conocer las penetrantes seducciones que tiene el aviso artísticamente redactado; como es necesario haber experimentado alguna vez un dolor intenso, para saber cómo se hace el morfinómano. En las cortas líneas de una curación prometida con cierta discreta desvergüenza, hay más esperanzas y dulces desconsuelos para el espíritu, que acompaña con sus melancolías al cuerpo doliente y trasijado, que en todas las promesas de la religión. Es un cuento del tío que se repite diariamente y se repetirá mientras el dolor ande por el mundo repartiendo sus venenos y punzadas. Como aquellos profesores que enseñan el alemán en quince lecciones, ellos curan en veinte y cinco las enfermedades más graves. Nada hay más curable para el médico gitano que las enfermedades incurables; como que para nada abunda la lujosa terapéutica que para los que no tienen un solo medicamento. Algunos ofrecen honradamente devolver el dinero, si fracasan, otros sólo cobran el medicamento; y médicos de esos hay, que lo hacen gratis para difundir en la receta el copioso aviso en letras cuneiformes, desarrolladas en media página, como serpientes paradisíacas destinadas a operar la tentación. Los ‘baños de luz’, ‘los rayos X’, misteriosos agentes que permiten mirar dentro del cuerpo humano, como quien dice adivinar el secreto escondido en la víscera pecadora; ‘los baños hidro-oxi-electro-carbonatados’, ‘la depilación embellecedora’ y la higiene de la cutis, que siempre queda peor que antes, el secreto de la hermosura, ‘los baños de Finlandia’, ‘las píldoras negras’, las aromas enloquecedoras de catramina y ¡qué se yo! que otras cosas más de la tan fecunda farmacopea sugestiva de los charlatanes, cuando la audacia pone en sus manos un instrumento de rapacidad de tan incalculable provecho”[31].

            Aún cuando extensa, resulta necesaria la cita textual de estos párrafos para señalar la construcción que hace RAMOS MEJÍA de este falso médico. No se detiene en describirlo objetivamente, utiliza todas las armas que le otorga el lenguaje para denostarlo, para denunciar sus acciones y demostrar sus desaciertos, conformando una imagen clara que permite a cualquier ciudadano reconocerlo. Un discurso que moldea y pone de manifiesto las marcas del mal como otrora se buscaban en los cuerpos la impronta del demonio[32].

            El “médico gitano” se edifica en base a las siguientes características, todas fácilmente identificables por el profano, y todas con una connotación sumamente peyorativa:

            a) No es médico - Carece de conocimientos científicos: RAMOS MEJÍA no es cualquier persona que se dirige a sus semejantes, es un importante médico psiquiatra e higienista de reconocida trayectoria en los recintos del poder. No habla desde la ignorancia; su conocimiento de la vida y de la ciencia le otorgan la posibilidad de ocuparse de éstos y otros muchos temas con la suficiencia de quien posee la verdad de su lado. El “otro”, el objeto de estudio se ubica algunos escalones más abajo, incluso que sus lectores. Es un ser inferior[33].

            Esa posición sostenida por el autor es propia de los positivistas, debido a su especial visión del mundo y de sus congéneres, pero también propia de los médicos que se erigían en aquella época como una clase profesional políticamente influyente. El “médico gitano” debe ser distinguido desde un principio de los galenos oficiales generados en los dominios científicos de las universidades, de allí que se lo conciba como un ser ajeno o carente de conocimientos de tal índole. No cura enfermedades ni alivia a los pacientes, sino que simula poseer lo que el médico tiene, aparenta, engaña. No hay en la descripción del higienista autóctono un atisbo o posibilidad de que este delincuente pueda hacer algo bueno restañando las dolencias que aquejan al pueblo, lo que se halla exclusivamente delegado en las manos de los profesionales que ejercen la medicina científica.

            En esta utilización del estereotipo puede observarse un reforzamiento de la identidad profesional del médico, tal como lo sugiere la “teoría de la identidad social”. Tal situación es también revelada por GONZÁLEZ LEANDRI al historiar el modo como se conformó la profesión médica en Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX[34]. En este contexto socio-histórico, se reunió al grupo cuantitativamente más importante en el sistema de salud argentino -aún cuando informal-, bajo la categoría común de no poseer título habilitante. Este elemento ausente homogeneizaba a los “otros” –exogrupo- a favor de la conformación de un “nosotros” –endogrupo- como cuerpo médico profesional y científico. 

            b) Estafador: de la necesidad aparentar frente a la comunidad surge directamente el “engaño”, la “estafa”, característica propia de esta calidad especial de delincuentes. El falso médico descripto es un estafador; su ardid se avizora en el “aviso de caza” por el cual atrapa a sus víctimas incautas, “verdaderas obras de arte de chantaje y captación”, en el famoso “cuento del tío”, “que se repite diariamente y se repetirá mientras el dolor ande por el mundo repartiendo sus venenos y punzadas”.

A diferencia de los médicos científicos, el “ingenio” es utilizado para el mal.

            c) Inescrupuloso: nada detiene a este criminal, ni siquiera el sufrimiento de sus semejantes. Puntualiza RAMOS MEJÍA que “nada hay más curable para el médico gitano que las enfermedades incurables”, destacando una dirección subjetiva malsana que por nada sucumbe, que guía la mente criminal en pos de riquezas.

d) Ávido de ganancias: esta característica, se entronca en las anteriores. “La pasión del lucro” lo mueve aún cuando simule un tratamiento gratuito u ofrezca “honradamente” devolver lo percibido ante el descontento del paciente. Todas son trampas a dolientes y necesitados, estratagemas generadas por este desmedido afán de riquezas que no le permite visualizar la maldad de su accionar.

e) Ansias de identificación con la ciencia oficial: no habla el autor de lo que comúnmente se conoce como “curandero”, de aquel que cura el “empacho” “tirando el cuerito”, o que sana “de palabra” o mediante la imposición de manos, o utiliza tinta china para acabar con la “culebrilla” o restablece mediante secretas oraciones el cuerpo transido por quemaduras; sino que se refiere a otra persona que simula poseer los conocimientos de la ciencia oficial, su instrumental, sus productos y prácticas consagradas por la corporación médica. Quien se demuestra como médico frente a los ciudadanos y futuros clientes, que se arroga la idoneidad del galeno, que es percibido de tal modo por la sociedad. El tradicional curandero de raíces indígenas no se da cita en la descripción expuesta, seguramente porque nunca representó un ataque a la agencia médica, de la que no pretendió asumir sus tareas ni posición comunitaria[35].

El engaño y la asimilación de los avances científicos de la época son observables en las formas y métodos de curación que se publicitan, con nombres ostentosos, complicados y atrayentes para el público: “los ‘baños de luz”, “los rayos X”, “los baños hidro-oxi-electro-carbonatados”, “las píldoras negras”, “las aromas enloquecedoras de catramina y ¡qué se yo! que otras cosas más de la tan fecunda farmacopea sugestiva de los charlatanes, cuando la audacia pone en sus manos un instrumento de rapacidad de tan incalculable provecho”. Repárese incluso el desagrado que demuestra RAMOS MEJÍA frente a los rayos X –en contraposición a las opiniones de otros miembros de su generación[36]-, “misteriosos agentes que permiten mirar dentro del cuerpo humano, como quien dice adivinar el secreto escondido en la víscera pecadora”, función que cumplía el antiguo hechicero o chamán y no el médico oficial, ajeno a estas prácticas no científicas perdidas en un pasado remoto, bárbaro e incivilizado.

f) Gitano: el uso de este adjetivo no es casual, y no porque el falso médico que desvelaba a RAMOS MEJÍA provenía de esta nación, sino porque intenta adjudicarle un estereotipo fácilmente identificable por la comunidad, que reúna y confirme los caracteres antes señalados. Se aprovecha de un estereotipo conformado por años de persecución y discriminación que se hallaba inserto en las normas culturales del grupo al cual dirigía su obra. Los prejuicios adquirían, así, un carácter científico.

Los gitanos, según los escritos de la época y aún, de tiempos anteriores, se los identificaban por su astucia, aversión al trabajo, cobardía y carácter primitivo, propensos a los engaños y a la comisión de delitos contra la propiedad. Con sus vestimentas que los definían ante la comunidad que los acogía, con lengua y costumbres propias que los tornaban en extranjeros frente a sus coterráneos[37]. Como anotan RADBRUCH y GWINNER, “a todo gitano se le consideraba de antemano como criminal, no creyéndose necesario incoarle un procedimiento judicial ordinario”[38]. Esta estereotipación permitía una mejor individualización de los componentes de este pueblo durante las cruentas persecuciones que sufrieran en distintos países[39].

En el “gitano” se dan cita el criminal y el extranjero, “parásitos sociales”[40] que socavaban los cimientos de una Nación que se alzaba ante el mundo. El delincuente, con sus hábitos del oficio que lo relegaba del ciudadano modelo –obediente y trabajador-, con su argot, para mejorar y facilitar la comunicación, no diferían demasiado de esas masas incultas venidas del extranjero que mantenían, también, sus costumbres e idiomas, y que bien podían ser distinguidas por sus prendas.

 

LO PRIMERO ES LA FAMILIA…

            Según el primer censo nacional de población, nuestro país ascendía, hacia 1869, a 1.830.214 habitantes; de ellos, 453 denunciaron ser médicos mientras que 1047 refirieron ejercer el curanderismo. Estos guarismos, aún con la cautela con la que deben ser analizados por su segura subevaluación, demuestran un desconocimiento de toda prohibición de su oficio en atención a que se manifiestan dentro de este grupo ocupacional aún frente a un representante del Estado, como lo es el censista[41].

            A su vez, la ciudad de Buenos Aires registra un total de 9 curanderos y 154 médicos; anotándose en la campaña a 118 curanderos contra 89 médicos diplomados. Distintos testimonios refuerzan estos datos, demostrando incluso que en el campo bonaerense el ejercito o los jueces de paz daban cuenta de los servicios de “empíricos” y curanderos[42].

            El segundo censo nacional tuvo lugar en el año 1895, contabilizando unos 4.044.911 habitantes, época en la cual -como se indicara-, RAMOS MEJÍA ejercía la férrea dirección del sistema de salud pública. Según el higienista,  repasemos, durante el período comprendido entre el 1º de enero de 1892 y el 31 de diciembre de 1894 se dictaron 93 “resoluciones sobre infracciones en el ejercicio de la medicina, farmacia, etc.”; se multaron a 52 personas por distintas infracciones, mientras se apercibieron a 129. De tal informe resulta, además, que se labraron 151 actas y declaraciones por denuncias relacionadas con estas infracciones[43]. Si sumáramos todas estas cifras como si se trataran todas de infracciones castigadas por el Departamento Nacional de Higiene por ejercicio ilegal de la medicina –lo que es difícil por las pocas especificaciones que hace la Memoria y además falso, porque algunas se refieren a la actividad farmacéutica y muchas no tuvieron sanción alguna-, resulta un total de 425 casos sometidos a su jurisdicción en el plazo de dos años[44]. Si consideramos que ya para aquellos años el organismo había adquirido competencia en todo el territorio argentino, se observa que la tasa de criminalidad en orden a este tipo de ilícitos es casi nula[45]. Entonces, ¿era lógico el temor que manifestaban los corifeos de la agrupación médica argentina respecto del curandero y de todos aquellos que profesaban sus artes?

            Entiendo que no. Los temores manifestados por los distintos autores que hacia fines del siglo XIX dedicaron sus obras para atacar a falsos médicos y curanderos –entre quienes encontramos a RAMOS MEJÍA- eran, según lo demuestran las cifras señaladas[46], sobredimensionados. En primer lugar, no competían por los espacios públicos donde no sólo no eran aceptados, sino que tampoco sugieren los estudios históricos que su admisión haya sido buscada. Como bien se ha hecho notar, médicos y curanderos “frecuentaban ámbitos diferenciados con zonas de contacto bastante restringidas. Diferentes públicos y diferentes ámbitos de influencia determinaban, en consecuencia, una escasa competencia entre unos y otros” [47]. Confirma tal conclusión que la mayoría de los curanderos cumplían sus labores en zonas rurales o con las clases bajas, cuando se hallaban dentro del éjido urbano, quienes no acudían a los costosos galenos diplomados. En el sentido de lo expuesto, la construcción de una representación estereotipada del falso médico de conformidad con las explicaciones de la “teoría realista del conflicto” de SHERIF, es improbable. Sin embargo, esta idea de competencia por los espacios de salud cimentó una imagen negativa del “otro”, funcional al reforzamiento de la identidad del cenáculo médico que implícitamente ocupaba el primer lugar de sus preocupaciones. “Las continuas invocaciones a los curanderos y curanderas –reflexiona acertadamente GONZÁLEZ LEANDRI- fue una de las maneras con que el ‘cuerpo médico’ fue definiendo, a partir de sus bordes, su propia imagen profesional”[48].

 

LOS SOSPECHOSOS DE SIEMPRE

            Pero RAMOS MEJÍA utiliza el adjetivo “gitano” para calificar al falso médico, lo que importa preguntarse si, considerando que no parece que fuera de vital importancia la competencia entre curanderos y médicos por lo que vengo señalando, ¿por qué el gitano?

            En todas las épocas, los pueblos gitanos fueron una minoría especialmente vulnerable en todos aquellos países en los cuales vivieron, presa fácil de los agentes del Estado por su perfecta identificación entre las masas de la población. Características tales como la vestimenta colorida con faldas anchas en las mujeres, la falta de aseo, la avaricia y el engaño, y aún la fortaleza frente al sufrimiento[49], no sólo permiten una clara individualización en la sociedad sino que, llamativamente, resultan los mismos caracteres que la criminología de cuño positivista adjudicaba al tipo delincuente. Pese a ello, los registros estadísticos no revelan una amplia presencia de gitanos en el sistema penal argentino hacia los años en que el alienista vernáculo manifestara sus preocupaciones.

            Fundamental es la obra de CORNELIO MOYANO GACITÚA, La delincuencia argentina ante algunas cifras y teorías[50], para acercarse estadísticamente a estos años, quien trabaja fundamentalmente en base al censo nacional de 1895: nada dice el profesor cordobés al respecto. Aún cuando dedica un capítulo completo a la delincuencia extranjera, no menciona siquiera al pueblo gitano. No recibieron tratamiento censal ni se reveló importancia alguna en los criminólogos argentinos de antaño; de ello puede deducirse que no conformaban una población de suficiente entidad como para ser registradas por los anales del sistema penal[51] o que, los pocos que fueron captados por el sistema, fueron distribuidos entre otras nacionalidades en los distintos recuentos que se hicieron[52].

            La presencia del pueblo gitano en nuestro país data de los inicios mismos de la colonización española, conviviendo pacíficamente con el resto de la población pese a los diferentes actos de discriminación de los que fueron objeto en reiteradas oportunidades. Sin embargo, la relevancia criminal del mismo no resulta de las estadísticas analizadas. Ello, conlleva a preguntarnos el por qué de la fórmula “médico gitano” y la estereotipación que se hace en los trabajos de JOSÉ MARÍA RAMOS MEJÍA.

            Sabido es, que no es un elemento esencial de todo estereotipo la existencia de una base fáctica objetiva o “trasfondo de verdad” en orden a los caracteres que se endilgan al grupo[53]. Sucede que un marco factual inexistente, falso o de dudosa adecuación a la realidad se propague en una comunidad determinada a través de los distintos medios de comunicación masiva hasta asentarse y consolidarse la imágen estereotipada como algo real. Los simuladores del talento... edifica una visión particular del “médico gitano”, donde se conjugan los temores de la corporación médico-científica argentina por el ejercicio ilegal de la medicina con un estereotipo fijado en la cultura nacional desde la época colonial. Ni los miedos eran tantos, ni los gitanos generaban molestias. RAMOS MEJÍA se sirvió de esta construcción de un enemigo totalmente identificable que coadyuvó, por oposición, a la formación de una identidad corporativa médica, situación que no quedó relegada al ámbito profesional específico debido a la incursión que estas ideas tuvieron en los distintos ámbitos de la comunidad por la amplia difusión de su libro.

            El “médico gitano” unifica los discursos médico-profesional y criminológico en una fórmula que reúne toda la información necesaria para conformar a “unos” respecto de “otros”, información ésta que incluso es de dominio popular. De allí la fuerza de sus ideas.

 

ALGUNAS EXPLICABLES SIMILITUDES (a modo de conclusión)

            Retornando al punto de partida, y como otras conclusiones que se suman a las ya expuestas, entiendo que es posible observar ciertas similitudes en la construcción del tipo de delincuente del “falso médico” en el proyecto presentado por RAMOS MEJÍA desde la presidencia del Departamento Nacional de Higiene, en la descripción que hace en Los simuladores del talento..., con el actual artículo 208 del Código penal vigente.

            En todos los casos, se parte de un sujeto carente de título o habilitación estatal para el ejercicio del arte de curar en cualquiera de sus formas, y en todos los casos este individuo realiza conductas similares a las que concreta el médico científico en su quehacer diario. Es un falsario que se arroga una calidad ausente frente a la comunidad, lo que conduce a alguien distinto del clásico curandero que no pretende ser médico, que transita por otros lugares, aunque algunos se superpongan o sean comunes, porque no implica una competencia por el mercado de salud.

            De allí que, tanto el art. 208 inc. 1º, como en Los simuladores del talento... se hace caso omiso a la gratuidad o no del servicio que se otorga, que hace más a una forma de captación de clientela. De allí también que en ambos supuestos se haga expresa mención de aquellos medios de curación que la ciencia de fines del siglo XIX ponía en boga, y por los cuales tanto desprecio expresaba RAMOS MEJÍA: “aguas, electricidad, hipnotismo” etc., en el Digesto penal; “los ‘baños de luz”, “los rayos X”, “los baños hidro-oxi-electro-carbonatados”, “las píldoras negras”, “las aromas enloquecedoras de catramina”, en el libro; todos métodos curativos que acercaban al timador con el científico y que había que denostar para asegurarlos en las manos correctas.

            El charlatanismo, que se da cita en el inciso 2º del art. 208, es similar a los arts. 12 y 40 del proyecto del Consejo Nacional de Higiene, puesto que en ambos se reprime el anuncia o prometer la curación de enfermedades a término fijo o por medios secretos o infalibles, aún cuando las normas proyectadas se refieren a médicos y farmacéuticos[54]. “Porque nada hay más curable para el médico gitano que las enfermedades incurables”, afirma el psiquiatra vernáculo desde su obra de 1904. Por último, con un pie entre el prestanombre del inciso 3º del art. 208, y una hipótesis de participación, cabalga el art. 6 inc. 3º del proyecto mencionado y que se citara más arriba.

            Es lógico que lo señalado hasta ahora no es propiedad exclusiva del pensamiento de JOSÉ MARÍA RAMOS MEJÍA sino de los médicos de su época, pero sí es cierto que le cupo a este galeno una importante función pública a nivel nacional y una vital influencia desde lo científico y profesional en la conformación de una identidad médica de caras a la sociedad y al Estado. Éste pareciera el elemento de mayor motivación aún en la creación de normas, como la del art. 208 del Código penal vigente, incluso en perjuicio de la salud pública que fue relegada a un segundo plano[55].

 

Notas:


[*] Profesor Adjunto Ordinario de Derecho Penal II, Cátedra I. Email: mauricio_macagno@yahoo.com.ar .

[1]Cfme., ÁLVAREZ, Adriana, “Ramos Mejía: salud pública y multitud en la Argentina finisecular”, en LOBATO, Mirta Z. (edit.), Política, médicos y enfermedades. Lecturas de historia de la salud en la Argentina, Biblos, Universidad Nacional de Mar del Plata, 1996.p. 75 y s.

[2] El artículo 208 del Código penal vigente es copia fidedigna del art. 225 del Proyecto de Código penal de 1906. Los códigos de 1886 y de la provincia de Buenos Aires que rigieron con anterioridad, desconocían el delito.

[3] La hipótesis del presente trabajo fue oportunamente sugerida en MACAGNO, Mauricio E., Curanderismo y ley penal. Comentarios al art. 208, inc. 1º, C.P. Sin embargo, debo reconocer que fue Eusebio GÓMEZ quien cita un párrafo del libro Los simuladores del talento en las luchas por la personalidad y la vida de RAMOS MEJÍA –al que me referiré más adelante-, como “el pensamiento de uno de los que elaboraron la disposición”. V., en su Tratado de Derecho penal, t. V, Compañía Argentina de Editores, Buenos Aires, 1941, p. 179 y s.

[4] ZAFFARONI, Eugenio R. – ALAGIA, Alejandro – SLOKAR, Alejandro, Derecho penal. Parte general, 1ª ed., Ediar, Buenos Aires, 2000. p. 6.

[5] ZAFFARONI-ALAGIA-SLOKAR, p. 131.

[6] ZAFFARONI-ALAGIA-SLOKAR, p. 131.

[7] AMOSSY, Ruth – HERSCHBERG PIERROT, Anne, Estereotipos y clichés, Eudeba, Buenos Aires, 2001, p. 38.

[8] AMOSSY-HERSCHBERG PIERROT, p. 39.

[9] La selección de las teorías sobre el estereotipo es totalmente arbitraria y con fines argumentativos; v., otros enfoques en AMOSSY-HERSCHBERG PIERROT, p. 43 y ss.

[10] SHERIF, Muzafer et al, Social Psychology, p. 277, cit. por AMOSSY-HERSCHBERG PIERROT, p. 45.

[11] FISHMAN, Joshua A., “An examination of the process and functions of social stereotyping”, en The Journal of Social Psychology, nº 43, 1956, p. 27 y ss., cit. por AMOSSY-HERSCHBERG PIERROT, p. 48.

[12] AMOSSY-HERSCHBERG PIERROT, p. 52.

[13] Anales de Legislación Argentina, Complemento 1889-1919, p. 223.

[14] Art. 2, ley 2829.

[15] La ley 1.110 del Estado bonaerense, de Ejercicio de la medicina, del 18 de julio de 1877, en su artículo 1º establecía que, “desde la promulgación de esta ley, nadie podrá ejercer en el territorio de la provincia, ramo alguno del arte de curar, sin título expedido por la Facultad de Ciencias Médicas, o por los tribunales que le han precedido”. Disponía, además, que quien “ejerciese algún ramo de la medicina sin título alguno”, debía ser convocado al Consejo de Higiene Pública –luego, Departamento Nacional de Higiene- para su apercibimiento. En caso de reincidencia, se multaba al infractor con la suma de cinco mil pesos “moneda corriente”, aumentándose el monto a diez y veinte mil pesos, ante una segunda y tercera recaída en el delito. En los supuestos en los cuales la multa no era satisfecha o de ulteriores reincidencias, las autoridades remitían los antecedentes al juez del crimen quien, “breve y sumariamente”, graduaba la pena de prisión a aplicarse a razón de un mes por cada cinco mil pesos. Como podrá observarse, se entendía que el accionar de aquellos sujetos que ejercían la medicina o el arte sanitario sin el título que demostrara su idoneidad en la materia, no era un delito sino una mera contravención. Ello, sin dudas, permitía un mejor y más directo control por parte del Poder Ejecutivo, sin los vericuetos y controles propios de un proceso judicial. Esta norma puede consultarse en Colección completa de leyes del Estado y Provincia de Buenos Aires desde 1854 a 1929, t. V, p. 355 y ss.

[16] Tarea que continúa en la presidencia del Consejo Nacional de Educación, desde donde trabajó para la consolidación de la identidad nacional y el control de la masa inmigratoria.

[17] Relata el propio RAMOS MEJÍA en DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, Memoria correspondiente a los años 1892, 1893, 1894, 1895, 1896 y 1897. Presidencia del Dr. José M. Ramos Mejía, 1898, p. 2: “Nombrado en 1892 Presidente del Departamento Nacional de Higiene, comprendí que la acción de esta repartición debía desenvolverse dentro de horizontes mucho más vastos, haciéndola extensiva al interior de la república, para poder llenar el rol que le corresponde dentro de la administración nacional”. “Era necesario ante todo, franquear los límites de la Capital Federal y su puerto, para llevar en su acción al resto de la Nación, y aunque por sus leyes fundamentales, las Provincias como gobiernos autónomos, tiene a su cargo el cuidado sanitario de las mismas, siempre ha sido posible, sin salvar estos límites, contribuir en gran escala a la realización de estos propósitos sin omitir esfuerzo alguno, como lo demuestran los trabajos efectuados desde esa fecha...”.

[18] DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 22.

[19] ÁLVAREZ, p. 84, donde textualmente dice: “Para el federalismo provinciano esto fue un verdadero atropello jurisdiccional, que fue silenciado ante la eficacia con que fueron vencidas las epidemias del cólera y la viruela que azotaban esas regiones”.

[20] DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 497.

[21] Se quejaba RAMOS MEJÍA: “numerosos son los casos en que el Departamento Nacional de Higiene ha iniciado juicios criminales contra determinados curanderos y médicos o farmacéuticos charlatanes, autores de estos feos delitos, pero en la mayoría de los casos, sin resultado alguno, y los acusados han continuado impunemente en su inmoral explotación”; v., en DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 498.

[22] DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 498; “la ganancia fácil y abundante –agregaba el médico higienista- compensa con éxito las incomodidades del oficio”.

[23] DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 502.

[24] DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 503. Acerca de la presencia, control y ejercicio de la medicina por profesionales extranjeros, v. GONZÁLEZ LEANDRI, Ricardo, “La profesión médica en Buenos Aires: 1852-1870”, en LOBATO, Mirta Z. (edit.), Política, médicos y enfermedades. Lecturas de historia de la salud en la Argentina, Biblos, Universidad Nacional de Mar del Plata, 1996, p. 37 y ss.

[25] DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 504. Y en la misma página puede leerse: “Como ejemplo de las dificultades insuperables que encuentra el Departamento para iniciar una campaña contra éstos espurios y perjudiciales elementos, basta recordar que, en el momento que escribimos estas líneas, existe en Buenos Aires, con consultorio abierto y concurrido por numeroso público, un médico chino, que efectúa curaciones maravillosas con yerbas del Celeste Imperio. Buenos Aires ofrece campo tan fecundo para los charlatanes del mundo entero, que hasta los súbditos del hijo del Cielo, vienen atraídos por su fácil explotación”.

[26] Consúltese en, DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 507 y ss.

[27] Art. 6, inc. 1º. El reconocimiento debía llevarse a cabo mediante la registro del diploma correspondiente ante el Departamento Nacional de Higiene, de acuerdo con el art. 3 del citado proyecto.

[28] GÓMEZ, p. 179. Pese a tal aseveración, como es lógico, comenta la norma de la manera como fuera redactada y en el contexto sistemático, y no como sugerían las ideas de uno de sus mentores.

[29] Expresamente, GÓMEZ, Eusebio, La mala vida en Buenos Aires, Juan Roldán, Buenos Aires, 1908.

[30] La afirmación pertenece a INGENIEROS, José, La personalidad intelectual de José M. Ramos Mejía, p. 142, cit. por SALESSI,  Jorge, Médicos, maleantes y maricas. Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la nación argentina (Buenos Aires, 1871-1914), 2ª ed., Beatriz Viterbo Editora, Rosario, 2000, p. 140.

[31] RAMOS MEJÍA, José María, Los simuladores del talento en las luchas por la personalidad y por la vida, Lajouane, Buenos Aires, 1904, p. 251 y ss.

[32] Sobre ello, MUCHEMBLED, Robert, Historia del diablo. Siglos XII – XX, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003, p. 77 y ss.

[33] FOUCAULT, Michel, La verdad y las formas jurídicas, Gedisa, Barcelona, 1992; también ZAFFARONI, Eugenio R., “La criminología como curso” en En torno de la cuestión penal, B de f, Montevideo, 2005.

[34] GONZÁLEZ LEANDRI, p. 41.

[35] Sobre la convivencia entre la medicina científica y la tradicional, v., NIGENDA, Gustavo – MORA-FLORES, Gerardo – ALDAMA-LÓPEZ, Salvador – OROZCO-NÚÑEZ, Emanuel, La práctica de la medicina tradicional en América Latina y el Caribe: el dilema entre regulación y tolerancia, en revista “Salud pública de México”, vol. 43, nº 1, enero-febrero de 2001, publicado en www.insp.mx/salud/43/431_5.pdf . La inclusión de la medicina tradicional en el sistema de salud oficial, en Argentina, v., ARRÚE, Wille – KALINSKY, Beatriz, De “la médica” y el terapeuta. La gestión intercultural de la salud en el sur de la provincia del Neuquén, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1991.

[36] Por ejemplo, CANÉ, Miguel, Notas e impresiones, Arnaldo Moen, Buenos Aires, 1901, p. 63 y ss.

[37] RADBRUCH, Gustavo – GWINNER, Enrique, Historia de la criminalidad (Ensayo de una criminología histórica), Bosch, Barcelona, 1955, p. 192 y ss.; similar y muy discriminativos, SABATER, Antonio, Gamberros, homosexuales, vagos y maleantes (Estudio jurídico-sociológico), Hispano Europea, Barcelona, 1962, p. 73 y s.; y BERNALDO DE QUIRÓS, Constancio, Criminología, 2ª ed., Cajica, Puebla, 1955, p. 171.

[38] RADBRUCH – GWINNER, p. 201.

[39] Aún cuando se recuerde siempre la masacre de gitanos en manos del nacionalsocialismo alemán, nuestro país también registra episodios de discriminación. V., BALLESTERO, Jorge L. – SLONIMSQUI, Pablo, Somos gitanos, en E.D., 207-880.

[40] En palabras de BERNALDO DE QUIRÓS, p. 171, quien considera al pueblo gitano como un caso de “vagabundaje étnico” al estudiar a la vagancia como equivalente al delito.

[41] GONZÁLEZ LEANDRI, p. 41.

[42] GONZÁLEZ LEANDRI, p. 41.

[43] DEPARTAMENTO NACIONAL DE HIGIENE, p. 502.

[44] Si se determinan fehacientemente cuántos son los casos en los que se produjo un ejercicio concreto del arte de curar sin la correspondiente habilitación estatal, el ejemplo se torna más ostensible.

[45] En el departamento judicial de la Capital de la provincia de Buenos Aires –integrado por los partidos de La Plata, Almirante Brown, Avellaneda, Brandsen, Campana, Cañuelas, Chascomús, Exaltación de la Cruz, Esteban Echeverría, Florencio Varela, Gral. Rodríguez, Gral. Belgrano, Gral. Paz, Las Conchas, Gral. Sarmiento, La Matanza, Las Heras, Lobos, Lomas de Zamora, Magdalena, Marcos Paz, Merlo, Monte, Moreno, Morón, Navarro, Pilar, Quilmes, Roque Pérez, Saladillo, San Fernando, San Martín, San Vicente, Tandil, Vicente López y Zárate-, entre los años 1900 y 1921, se registran sólo 50 casos judiciales de ejercicio ilegal de la medicina, considerando que se trataban de supuestos en lo cuales los autores no abonaban las multas o habían superados las tres reincidencias. V., BORGA, Ernesto E., Justicia criminal y delincuencia del siglo XX en el departamento de la Capital de la provincia de Buenos Aires, (estadística criminal 1900-1939), Archivo de los Juzgados del Crimen, Taller de Impresiones Oficiales de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1941.

[46] Podría argumentarse, como lo hacía RAMOS MEJÍA, que el sistema represivo no era suficiente como para acabar con el flagelo del curanderismo, pero las estadísticas ilustran los tiempos en los cuales la persecución y castigo de los curanderos tenía carácter predominantemente administrativo, con procedimientos rápidos y control completo de todas las instancias por el mismo organismo. También es posible observar cierta tolerancia extraoficial de los órganos de control estatal.

[47] GONZÁLEZ LEANDRI, p. 42.

[48] GONZÁLEZ LEANDRI, p. 42, que si bien se refiere a una época anterior a la analizada en base a los escritos de RAMOS MEJÍA es plenamente aplicable a lo desarrollado.

[49] RADBRUCH – GWINNER, p. 192 y ss.

[50]MOYANO GACITÚA, Cornelio, La delincuencia argentina ante algunas cifras y teorías, Domenici, Córdoba, 1905.

[51] BALLVÉ, Antonio, Primer censo carcelario. Resultados generales, Penitenciaría Nacional, Buenos Aires, 1910, no discrimina a los extranjeros del resto de la población encarcelada de 1905.

[52] Al provenir los gitanos de diferentes grupos de origen, tales como griegos, rumanos, moldavos, serbios, rusos o españoles, es factible que se los haya incluido entre los representantes de estas  nacionalidades al contabilizarlos. Lo que también demuestra su poca o nula incidencia en la delincuencia de fines del siglo XIX si consideramos que, de estas nacionalidades, la obra de MOYANO GACITÚA solo menciona a los españoles. De igual modo, los españoles son los únicos mencionados sin citar a los gitanos de ningún origen en las estadísticas de 1869, v. ZINNY, Antonio, Censo de la ciudad de Buenos Aires por su comisario Antonio Zinny, Imprenta Americana, Buenos Aires, 1872.

[53] AMOSSY-HERSCHBERG PIERROT, p. 40 y ss., quienes relatan el caso de una comunidad guatemalteca que poseía una imagen altamente negativa de los judíos, cuando nunca habían conocido a ninguno.

[54]Sobre el control de las “recetas secretas” farmacéuticas, v. GONZÁLEZ LEANDRI, p. 48.

[55] Una reformulación de la interpretación tradicional del art. 208 C.P., revalorizando el bien jurídico “salud pública”, en MACAGNO, Mauricio E., Curanderismo y ley penal. Comentarios al art. 208, inc. 1º, C.P., citado.

Texto incorporado el: 2008/05/03. Revista de actualización permanente. Se recomienda citar: Apellido, Nombre. "Título del trabajo" en Revista electrónica Derecho Penal Online [en línea]. Disponible en: http://www.derechopenalonline.com

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