Algunas consideraciones en torno al abolicionismo penal como alternativa posible

Por Martín Daniel Lorat


“El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra
 con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento.
 Y quizá también su próximo fin.”

Michael Foucault

 

1- Introducción

 

            En los últimos treinta años, el derecho penal se ha planteado seriamente la necesidad de implementar el castigo estatal en forma de encierro como ultima ratio para tender a la solución de los conflictos sociales. La máxima expresión de la crítica a la necesidad de la existencia de un aparato de poder como el descrito, la efectuó el abolicionismo, en sus diversas manifestaciones.

            En otro orden de ideas, pero no alejado de los principios rectores de la teoría mencionada, Michel Foucault se cuestiona sobre la noción de “ciencia humana”, y sobre el rol del Hombre dentro de las mismas. El punto de conexión de ambos extremos ideológicos, es el centro de análisis del presente trabajo.

            Es decir, considero que los cuestionamientos que se le han efectuado al abolicionismo penal como alternativa posible de realización, pueden ser respondidos desde la perspectiva del estructuralismo foucaultiano, en virtud de la noción de ahistoricidad que brinda de las ciencias humanas –y, por ende, del Hombre-.      Primeramente, expondré en forma sintética los contenidos principales del texto en que el filósofo francés trabaja las nociones referidas en su libro “Las palabras y las cosas”. Luego, a partir de la lectura de la nueva obra de Zaffaroni[1], delinearé los rudimentos de la teoría abolicionista, para –finalmente- brindar mi conclusión en cuanto a la temática en estudio.

 

2- ¿Es el Hombre un ser histórico?

            El recorrido que Foucualt efectúa para poder llegar a dar una respuesta al interrogante antes planteado, comienza por estudiar la complejidad del fenómeno de las “ciencias humanas”. Sostiene que, como punto de partida, es el Hombre como ser –en su faz empírica- aquello que las mismas tienen por objeto de estudio. Si bien dicho comienzo es interesante, no es menos que conflictivo y complejo,  lo que intentaré dejar en claro en las próximas líneas.

            A diferencia de las otras ciencias, las humanas se desarrollan en un ámbito epistemológico que no ha sido definido de antemano, sino que surgen a partir de la constitución del Hombre como objeto de estudio –es decir, de aquello que se piensa y aquello en lo que se sabe-. Sin duda, la fecha de nacimiento de éste proceso histórico se remonta al siglo XVIII, en la era de la Ilustración. Más allá de esto, Foucault concibe adecuado precisar que el lenguaje, la riqueza y la profundidad de lo humano son la esencia de este proceso, que tiene como característica la diversificación –redistribución, para ser más preciso- de la episteme.

            La complejidad de dicho proceso sucede -se relaciona con- la naturaleza misma de los seres humanos, habida cuenta que –a diferencia de los restantes objetos de estudio- el Hombre se convirtió en aquello a partir de lo cual se pone en duda todo el conocimiento del propio Hombre –el conocimiento se convierte en su evidencia inmediata y no problemática-. Sin embargo, remarca el filósofo citado que estos caracteres nos remiten a una disposición epistemológica precisa, y que halla una determinación histórica bien definida.

            El siglo XIX marca el punto de inflexión del citado proceso, donde la episteme a la que hice referencia párrafos arriba se diversifica en direcciones diferentes (estalla, en términos foucaultianos). Esta diversificación importa la necesidad de analizar el campo epistemológico en tres dimensiones distintas.

Por un lado, las ciencias matemáticas y físicas; por otro, las ciencias del lenguaje, la vida, la producción y la distribución de las riquezas; y –por último- la reflexión filosófica como pensamiento de lo Mismo. Ahora bien, el inconveniente surge, de acuerdo al autor estudiado, debido a que las ciencias humanas no se encuentran ni en las dimensiones ni en las superficies de ninguno de los planos delineados con antelación.

            Sin perjuicio de lo cual, lo interesante es poner de manifiesto que las ciencias humanas están incluidas –igualmente- en los intersticios que dejan esos saberes; es decir, el volumen definido por los mismos es el refugio que les da cobijo en el campo de la episteme. En consecuencia, éstas ciencias poseen dos caracteres excluyentes. Por una parte, son peligrosas, ya que representan una amenaza para todos los demás saberes. Por otra parte, están en constante peligro.

Pese a ello, concluye Foucault que lo “...que explica la dificultad de las “ciencias humanas”, su precariedad, su incertidumbre...su peligrosa familiaridad con la filosofía, su mal definido apoyo en otros dominios del saber, su carácter siempre secundario y derivado, pero también su pretensión a lo universal, no es...la extrema densidad de su objeto...sino más bien la complejidad de la configuración epistemológica en la que se encuentran colocadas, su relación constante a las tres dimensiones, que les da su espacio”[2]. 

Luego, el problema a resolver es determinar en qué relación con las demás ciencias del triedro antes mencionado, es donde las ciencias humanas hallan su singular positividad. Así, se puede afirmar que no es en relación con las matemáticas donde esto se encuentra, aunque la dimensión que se abre respecto de ellas es de las menos problemáticas. Sobre todas las cosas, porque el recurrir a las matemáticas ha sido siempre una de las fuentes más acabadas para los intereses deontológicos, siempre con el objeto de brindarle a las ciencias humanas un pretendido “estilo científico”[3].

Aunque uno cometería un error significativo si considerada, a partir de lo expuesto en la oración anterior, que los cálculos de probabilidades y la utilización de logaritmos han brindado el puntapié inicial para el nacimiento de las ciencias humanas. Foucault allí nos habla de un “contraefecto superficial por el acontecimiento fundamental”. En consecuencia, si uno debe encontrar las dificultades que mejor sirven para definir a las ciencias humanas, debe hacerlo en el ámbito de acción de las otras dos dimensiones, porque la de las matemáticas no es útil a tales efectos.

Acuerdo en ello con Foucault, ya que afirma que en la analítica de la finitud y en la que se reparten las ciencias empíricas que tienen por objeto la vida, el lenguaje y el trabajo, es donde se halla el nudo de la cuestión. Ello, principalmente, porque el Hombre, en la medida en que habla, vive y produce, es objeto de las ciencias humanas. Pero, lo interesante a destacar es el rol que las representaciones juegan en éste ámbito del campo del saber. Representaciones, obvio, que tiene el Hombre de si mismo, a partir de las cuales estructura su existencia finita.

Con esto quiero significar, siguiendo al autor de referencia, que más allá de ser el Hombre uno de los pocos seres vivos sobre la tierra que le asignó tal importancia a los métodos de producción que utiliza con el fin de obtener los bienes y servicios que considera necesarios para su subsistencia, éste no es el dato principal; sino que, por el contrario, las ciencias humanas lo consideran de su interés debido a que dicho ser construye representaciones a partir de las cuales vive y, además, es susceptible de representarse la vida misma[4].

Esto es, desde un análisis económico de la cuestión, la posibilidad de contar con un objeto de estudio que desde el interior de las formas de producción que gobiernan su mundana existencia, construye la representación de sus necesidades, para luego traspolarlas a la Sociedad en la que efectúa su vida de relación (en ella, contra ella o por ella, entiéndase), y –en definitiva- brindarse a si mismo la representación de la Economía, extremo que permite concluir que es difícil pensar en un Hombre como un ser carente de la posibilidad de construir representaciones de su realidad.

Pertinente es destacar que el Hombre como ser, se desarrolla en el ámbito de dudas genéricas (tratando permanentemente de conocer), y no de certezas respecto de su existencia. Apunto a que el Hombre gira alrededor de un círculo cuya circunferencia está determinada por aquello que lo define positivamente (que habla, que produce, que vive), y todo aquello que le permite tratar de saber qué es la vida, cómo hay que hacer para hablar y cuál es la esencia del trabajo. Es más, no ya de las nociones reales en torno a la vida, el lenguaje y la producción, sino de las representaciones de las mismas que el Hombre se haga.

En esta línea de razonamiento, se puede afirmar que lo propio de las ciencias humanas es su carácter puramente formal: esto es, están en relación con las ciencias a las que el ser humano se da como objeto (léase, economía, filología y biología –ésta en menor medida-), en una función de duplicación que –incluso- puede valer prima facie para ellas mismas.

Sin embargo, las ciencias humanas al duplicarse a si mismas, no tienden a consagrar un discurso formalizado, sino a acentuar en el Hombre su carácter de finito, relativo, ahistórico[5]; ergo, la vaguedad, la inexactitud, la imprecisión de la episteme en análisis, es lo que la define en su positividad.

Luego, el conocimiento del Hombre se desarrollará en el ámbito de las mentadas ramas del saber: economía, filología y biología. Respecto de ésta última, el Hombre aparece como un ser vivo que tiene funciones (nace, vive, se reproduce, se adapta al ecosistema en que se desempeña, muere), las que ejerce a través de normas que le permiten ajustarse al medio en que se desarrolla.

En la economía, el ser humano se desarrolla como tal entre deseos y necesidades, que añora y padece –respectivamente-. Quiero significar con ello, la existencia de un conflicto, al cual elude a través de reglas –y su cumplimiento, claro-. Por último, el lenguaje proyecta sobre los objetos significaciones diversas, mediante la utilización de signos varios, que conforman un sistema.

Concluye Foucault, de manera más que interesante, que las duplas de la función y de la norma, del conflicto y de la regla, y de la significación y del sistema abarcan todo el dominio del conocimiento del Hombre[6]. Y ello resulta más que interesante desde el punto de vista del sistema penal (y del derecho penal, claro).

Si lo concebimos a aquel como el ámbito de puja entre el Estado Constitucional de Derecho y el poder punitivo, entendido como la necesidad de imponerle a las normas una función precisa, con el objeto de definir conflictos a partir del quebrantamiento de las reglas, e imponer por ello una pena –significación de venganza y dolor del ofensor- a través de un sistema de premios y castigos, se puede concluir sin error que el derecho penal es parte de éste universo de conocimientos[7].

Ahora bien, retomando el hilo conductor que guiaba el devenir de éstas líneas, lo afirmado en el comienzo del párrafo anterior, sirve de parámetro para entender que todas las ciencias humanas, al entrecruzarse, pueden interpretarse unas a otras, tienen fronteras que no se distinguen con facilidad, saberes tangentes que se multiplican en forma innumerable y un objeto que –como propio- finaliza por disolverse. Por ende, si ese objeto complejo y difícil de aprehender que es el Hombre, tiende a fragmentarse en la forma antes descripta, es claro que las ciencias humanas no lo tienen como su propiedad esencial, ni mucho menos.

A renglón seguido, es dable manifestar que si el Hombre no es objeto posible de la ciencia, su rol en las mismas debe ser más positivo. A fin de dar una respuesta sobre el particular, Foucault comienza por precisar que “...no es la irreductibilidad del Hombre lo que se designa como su invencible trascendencia, ni aún su gran complejidad lo que les impide convertirse en objeto de la ciencia. La cultura occidental ha constituido...bajo el nombre de Hombre, un ser que, por un solo y único juego de razones, debe ser dominio positivo del saber...”[8].

Ahora resta por determinar cuál es ese solo y único juego de razones, tarea no por ello simple y sencilla. Una herramienta que puede resultar útil a tales efectos es el estudio de la Historia, como –tal vez- la más eximia demostración de las ciencias humanas.

Sobre el tópico en cuestión, es adecuado partir de la premisa que indica que todas las cosas recibieron una historicidad propia que las liberó del espacio continúo y común en que las había sumido la cronología de los Hombres. El Hombre que vengo definiendo es éste trabajo –es decir, aquel que existe con sustento en las representaciones que se genera en torno a cómo vive, cómo habla, cómo produce- se halla existiendo en el marco de un conjunto de historias diversas, que no se le subordinan, ni le son homogéneas.

Esto es, el Hombre del siglo XIX –a diferencia del “hombre clásico”- está “deshistorizado”[9]. Entonces, este Hombre que se representa cómo vivir, hablar y producir, tiene el derecho a su propio devenir, tan positivo como el de los demás seres y el de las cosas.

Y como el Hombre es un ser de acción –no pasivo- respecto de los demás seres y objetos que existen en su vida de relación, aparece detrás de la historia de éstos últimos, una más radical aún: la del Hombre mismo, concebido como ser individual. “Habría...en un nivel muy profundo, una historicidad del Hombre que sería con respecto a si misma su propia historia, pero también la disposición radical que fundamenta todas las demás”[10], como bien señala Foucault. 

Si el Hombre es un ser, por excelencia, finito, y allí reconoce su positividad, la Historia –el historicismo, mejor dicho- como ciencia humana, no puede descuidar de considerar éste extremo. Aunque, sin embargo, si lo ha hecho. Quiero decir, que el historicismo cometió un error más que significativo (y en esto me refiero a su pretensa voluntad de constituirse en la ciencia humana por antonomasia) al buscar la posibilidad  y la justificación de las relaciones concretas como totalidades limitadas, cuyo modo de ser era dado de antemano. En cambio, hubiera sido más propicio preguntarse por la finitud del Hombre, lo que allanaría el camino para estudiar al ser humano como aquel que al designarse finito, hace posible sus positividades en su modo concreto de ser.

Interesante es destacar que dicho yerro no fue cometido por otras ciencias, éstas si humanas por esencia (así también Foucault[11]), como el psicoanálisis y la etnología. Estos campos de la episteme tiene el rasgo distintivo de contar con un “...perpetuo principio de inquietud, de poner en duda, de crítica y de discusión de aquello que por otra parte pudo parecer ya adquirido”[12], lo que las coloca en un lugar privilegiado en el saber, de acuerdo a la opinión del filósofo francés tantas veces citado en estas líneas –posición a la que adhiero-.

Lo que las diferencia de las demás ciencias humanas (las aquí sindicadas, entre otras), es la posibilidad que el psicoanálisis y la etnología tienen de recorrer el dominio entero de la episteme, ya que pueden extenderse sobre toda su superficie, expandir sus conceptos a lo largo de la misma, y proponer sin limitaciones sus métodos de desciframiento y realizar sus interpretaciones.

El ánimo de cuestionarse, de dudar, la posibilidad de representarse formas de vivir, trabajar, comunicarse, la vaguedad, la finitud, la inexactitud; todos estos caracteres que definen la positividad del Hombre pueden ser discutidos en el marco de las ciencias referidas, y esto es lo que las constituye en sus principales representantes.

Ahora bien, es turno de responder al interrogante planteado al comenzar éste punto del presente ensayo. Considero importante el desarrollo efectuado, toda vez que –de lo contrario- entiendo que no se puede aprehender acabadamente la respuesta que brindaré. En definitiva, el Hombre es un ser con historicidad propia, pero no con Historia; es un ser deshistorizado, aunque no ahistórico.

Como todas las nociones de la episteme que son abarcadas por las ciencias humanas, el Hombre –como noción por nosotros cognoscible- se generó en un momento de quiebre del pensamiento vigente en cierto espacio histórico –fines del siglo XVIII-. Por ello, puede cambiarse, mutar o –lisa y llanamente- desaparecer como tal.

Como bien señala Foucault, si las disposiciones históricas antes referidas desaparecieran, “...si, por cualquier acontecimiento cuya posibilidad podemos cuando mucho presentir...oscilaran...entonces podría apostarse a que el Hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena”[13].

Y en ésta posibilidad de desaparición es donde encuentro un oportuno nuevo renacer, el de un mundo en donde la coexistencia de la sociedad no utilice como método de solución de conflictos el castigo estatal; en donde el abolicionismo penal sea la alternativa por excelencia. Seguidamente, trataré de explicar cómo y por qué.

 

3- El abolicionismo penal como alternativa viable

            Esta rama del pensamiento ha surgido en medio de la posmodernidad. Más allá de lo equívoco que pueda resultar éste término, se puedo hallar acuerdo en concebir que pretende superar a la modernidad –base que ha dado cimiento a la noción de Hombre que Foucault afirma está en peligro de desaparición- usando sus propias herramientas. Es decir, dado que “...los grandes discursos han perdido validez (el discurso emancipatorio de la Ilustración y la especulación filosófica del idealismo alemán) –ello- significa que las antiguas ideologías se han hecho inoperantes, no sólo para legitimar y justificar la organización de los saberes, sino también inútiles y obsoletas para dar coherencia y fundamento a las prácticas políticas”[14].

            El abolicionismo, pese a haber surgido con un sustento político en el anarquismo, en la actualidad de su desarrollo teórico puede separarse de esa concepción de la Teoría del Estado, y reunir en su seno al conjunto de ideas a través de las cuales se postula la desaparición del sistema penal, y su reemplazo por modelos de solución de conflictos alternativos, a partir de reconocer la deslegitimación del poder punitivo y su incapacidad para resolver conflictos[15].

Dentro de los principales mentores de esta corriente del pensamiento, pueden ser mencionados: Louk Hulsman, Thomas Mathiesen, Nils Christie y Michael Foucault[16], quienes se encuentran en el punto más radical –a mi entender- del referido conjunto de ideas[17], lo que habilitó a la doctrina a considerarlos dignos representantes del abolicionismo, en su versión moderada y extrema[18].

            Hulsman, por su parte, llega a concluir que el sistema penal es un problema en si mismo, con una creciente e innegable dañosidad social, razón por la cual entiende que es conveniente su abolición plena como sistema represivo. Las razones principales que bregan a favor de ésta abolición son tres: por un lado, causa sufrimientos innecesarios que socialmente se reparten en forma injusta; por otro, no tiene efectos positivos sobre las personas involucradas en los conflictos; y –finalmente- su contralor es difícil. Propone su reemplazo por un sistema intermedio de solución de conflictos, además de propugnar la abolición del lenguaje del crimen y la criminalidad. Los conflictos no desaparecen, sino que –por el contrario- se redefinen como situaciones problemáticas, que permiten soluciones efectivas entre el ofensor y el perjudicado, sin la intervención del poder punitivo.

            Mathiesen, en tanto, es un verdadero estratega del ideal abolicionista. Su pensamiento procura edificar una construcción que se traduzca en una praxis política superadora de límites, en forma de algo inacabado (unfinished)[19]. Para ello, imagina una táctica que impida la inmovilización del proceso unfinished por vías de contraestrategias retrógradas de poder. La táctica inversa que propone, se relaciona con la existencia de un sistema que frene cualquier contratáctica de normalización ensayada mediante un camino progresivo siempre tendiente a la abolición.

En su action-research, Mathiesen señala que las dos condiciones principales que debe tener todo sistema abolicionista son: su permanente relación de oposición (puntos de vista teóricos diferentes respecto de la base del sistema) y de competencia (acción política práctica desde afuera hacia adentro) con el sistema penal.

            Nils Christie se halla más cerca de la posición de Hulsman, y –desde lo sociológico- critica a Durkheim, en cuanto éste proponía que el proceso de modernización hace progresar a la Sociedad, pasándose de una solidaridad mecánica a otra orgánica, y disminuyéndose el componente punitivo de aquella. Por el contrario, el autor nórdico sostiene que la solidaridad orgánica en su máxima expresión se halla en las sociedades limitadas, cuyos miembros no pueden ser sustituidos, a diferencia de los grandes grupos, donde se limitan las condiciones de solidaridad y los papeles obligatorios se sustituyen con facilidad, a través del mercado de trabajo, donde los excluidos se vuelven candidatos ideales para el poder punitivo.

            La nota distintiva sobre los pensadores abolicionistas, la colocan –a mi juicio- Zaffaroni, Alagia y Slokar, cuando consideran que, en un sentido amplio, Michel Foucault es un autor que se enrola en aquella línea crítica al sistema penal en su conjunto[20]. Como bien señalan los autores antes mencionados, el filósofo francés marcó con acierto el modo en que los conflictos fueron confiscados por el Estado a las víctimas, ello como presupuesto de la formación de los Estados Nacionales, negando el modelo de una parte que supere a las otras partes en conflicto como una instancia superior decisoria, de lo que da cuenta sus ideas vertidas en las conferencias que se editaran bajo el nombre de “La verdad y las formas jurídicas”[21].

En cuanto a las tácticas y estrategias para enfrentar al poder punitivo, es interesante destacar la que Foucault define como del yudoca; esto es, aprovechar la debilidad del poder cuando éste descarga su violencia. Su noción de micropoderes es útil, asimismo, para considerarse en la oposición y en el centro del sistema, al mismo tiempo.

Más allá de lo brevemente esquematizado respecto a éste movimiento del pensamiento penal, se puede afirmar con acierto que el abolicionismo resulta ser el corolario de la lucha por la deslegitimación del sistema punitivo, como aparato estatal de represión[22]. Este grupo de ideas, desde lo estratégico, lleva a la abolición del poder punitivo como objetivo; desde lo táctico, sus pensadores proporcionan pistas para lograrlo, aunque es aquí donde se halla su principal déficit; es decir, la ausencia de una praxis clara y definida destinada a los operadores del sistema, con el objeto de lograr el fin citado.

Sin perjuicio de ello, en lo que se refiere a este ensayo –strictu sensu-, lo más importante del abolicionismo es que fue desarrollado como pensamiento con lógica ahistórica[23], lo que permitiría poder trabajar con una noción de Hombre –cualquiera ésta sea-, y –por ello- no sucumbir a los cambios de paradigmas que la episteme sufre –y que el propio Foucault predice-.

 

4- Conclusiones

No es sencillo arribar soluciones al debate entablado en la doctrina, tanto nacional como extranjera, con relación a la aplicación práctica de las ideas del abolicionismo penal, y sus ventajas –o desventajas- con relación a la operatoria actual del sistema de represión penal estatal; muchos menos, claro está, cuando se tratan de acercar elementos nuevos a la citada discusión.

En éstas breves líneas, intento traer a colación nuevos argumentos en la referida contienda, siempre teniendo en consideración que el abolicionismo penal es el corolario lógico de toda lucho a favor de la deslegitimiación de la existencia de un aparato de persecución penal estatal; aunque, y ello no puede eludirse, el traspaso hacia tal horizonte, debe realizarse a través de otros discursos, que tengan en consideración su deber de saldar las deudas tácticas de aquel conjunto de ideas.

Considero que dicho marco conceptual de referencia es aquel que nos brinda el funcionalismo conflictivo[24], discurso del saber penal con teleología reductora respecto del ejercicio de la potentia puniendi, que cuestiona a ésta último debido a que lleva a cabo –en forma selectiva y arbitraria- procesos de criminalización con sustento en estereotipos, lo que impide –en la generalidad de los casos- la solución de los conflictos generados, todo ello con un olvido de la víctima y con una afectación de los derechos inalienables del victimario, que va mucho más allá que el grado de su falta.

Aclarado tal punto, es dable destacar que el carácter de ahistórico –deshistorizado- que Foucault le brinda al Hombre, a partir del análisis de la episteme de las ciencias humanas –de las cuales el derecho penal es parte integrante-, habilita –a mi entender- al pensar en parámetros abolicionistas como algo sumamente probable, dado que la misma lógica ha sido guía de los trabajos de Hulsman, Mathiesen, Christie, y tantos otros –incluido Foucault, por supuesto-.

Si los grandes discursos han perdido validez, y por ello las antiguas ideologías se han convertido en inoperantes, tanto para justificar y legitimar la construcción de los diversos saberes, como para dar coherencia y fundamento a las prácticas políticas que se han desarrollado con sustento en aquellos[25], la necesaria deconstrucción del fenómeno del saber penal bien puede intentarse a través del conjunto de ideas estudiado.

En definitiva, el objetivo de las presentes exposiciones –acercar al debate del pensamiento penal actual, elementos de consideración para admitir que el abolicionismo es una alternativa posible en nuestra realidad latinoamericana posmoderna (al menos desde un enfoque estrictamente dogmático)- está –a criterio del autor- cumplido con creces.

El resto de la labor, no por cierto menor, será una difícil tarea encomendada a los operadores de la agencia judicial, principalmente. Su necesaria militancia en pos de la vigencia irrestricta del Estado Constitucional de Derechos es el camino a seguir. El funcionlismo conflictivo brinda, a mi juicio, las herramientas necesarias. Esta en cada uno de nosotros cumplir con el deber republicano que nos toca desempeñar.

Notas:

[1] Hago referencia a la escrita en coautoría con Alejandro Alagia y Alejandro Slokar, Derecho Penal. Parte General, que ya cuenta con dos ediciones en nuestro país, una en México y en Brasil, y una versión en Manual.

[2] Foucault, Michel, Las palabras y las cosas, Editorial Siglo XXI, México, 1971, p. 338.

[3] Sobre la relación entre las ciencias humanas y la dimensión de las matemáticas, consúltese Foucault, Michel, ob. cit., pp. 339/340.

[4] Foucault, Michel, ob. cit., p. 341.

[5] Ibídem, p. 344.

[6] Ibídem, p. 347.

[7] No es menos importante expresar que la premisa admitida en el párrafo anterior, arrojará consecuencias diversas –con relación al estudio de la operatoria real del sistema penal- de acuerdo a la noción de derecho penal que se adopte, y ellas deberán tomarse en consideración si se pretende desprender de aquí alguna conclusión con una funcionalidad política determinada. Sobre ello, me expresaré con precisión más adelante.

[8] Foucault, Michel, ob. cit., p. 356 –la cursiva no corresponde al original-.

[9] Foucault, Michel, ob. cit., p. 358.

[10] Foucault, Michel, ob. cit., p. 359.

[11] Sobre la problemática del psicoanálisis y la etnología, véase loc. cit., apartado 5. del Capítulo X, pp. 362/375.

[12] Ibídem, p. 362.

[13] Ibídem, p. 375, punto 6., in fine.

[14] Zaffaroni, Eugenio Raúl, Slokar, Alejandro, Alagia, Alejandro, Derecho Penal. Parte General, primera edición, Editorial E.D.I.A.R., Buenos Aires, 2000, p. 347, y nota a pie de página 169.

[15] En relación con la realidad de los sistemas penales de nuestro margen en la globalización, cfr. por todos Zaffaroni, Eugenio Raúl et al, ob. cit., capítulos I y II. 

[16] Así lo consideran Zaffaroni, Eugenio Raúl, Alagia, Alejandro, Slokar, Alejandro, ob. cit., p. 347.

[17] Efectúo la aclaración en ciernes, toda vez que también fueron incluidas dentro del marco del abolicionismo penal, entre otras, las ideas a favor de la abolición de la pena de muerte, o de la pena de prisión. No obstante, a los fines del presente trabajo, la noción de abolicionismo que interesa es aquella que lo define como un conjunto de ideas que tiene por objeto la desaparición del sistema penal en su conjunto.

[18] Así Kaiser, Günther, en Fest. f. Karl Lackner, pp. 1.027 y ss., cit. Por Zaffaroni, Eugenio Raúl et al, loc. cit., p. 347.

[19] Ibídem, p. 348, y nota a pie de página 179.

[20] Sobre éste punto, cfr. ibídem, p. 349.

[21] Sobre ello, véase Foucault, Michel, La verdad y las formas jurídicas, Editorial Gedisa, segunda edición corregida, Barcelona, 2003, en especial, los textos de la Tercera y Cuarta Conferencia, pp. 63/120.

[22] Así lo conciben Zaffaroni, Eugenio Raúl et al, ob. cit., p. 349, punto 9..

[23] Zaffaroni, Eugenio Raúl, Alagia, Alejandro, Slokar, Alejandro, ob. cit., p. 349, mismo punto que en citado en nota anterior.

[24] En éste hilo conductor, defensor de un derecho penal contentor del ejercicio del poder punitivo, hallamos las obras de Zaffaroni, Eugenio Raúl, Alagia, Alejandro, Slokar, Alejandro, Derecho Penal.  Parte General –tantas veces citada- y de Binder, Alberto M., Introducción al derecho penal, primera edición, Editorial Ad-Hoc, Buenos Aires, 2004.

[25] Véase Lyotard, Jean Francoise, La condición posmoderna. Informe sobre el saber, Barcelona, 1989, p. 9.

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